Historias de todos los días
27 Noviembre 2010
Los bordes de las carreteras son alucinantes. Son la mejor muestra del desarraigo, de la diversidad, de la cantidad de vidas duras que transitan todos los días junto a las nuestras. Son lugares que acojonan, son parajes que te hacen reflexionar sobre un montón de gente sobre la que no sabemos nada.
Los bordes de las carreteras siempre me dan la sensación del pequeño espacio que controlo, de la minúscula parcela que conforma mi territorio y de lo ajeno que me son otros. Los bordes las carreteras siempre me desmoronan mis ideas del mundo, mis normas sobre aspectos tales como la belleza o lo armonioso. Los bordes de las carreteras traen a mi menta la violencia que se agazapa a mi alrededor, quizás historias de desesperación dormida, paciente, retenida en la boca por unos dientes apretados.
En los bordes de las carreteras residen las últimas fronteras entre el estallido social y el orden social, e imagino a miles de personas cruzando las autovías, ocupando los puentes, marchando rabiosas hacia la ciudad, rondeándolas, estrujando los refugios de los poderosos hasta acorrarlarlos y darles caza.
Las vías que llevan y que traen, los caminos que te meten y te sacan de la ciudad. Ciudades rodeadas por las carreteras, con gentes que viven en sus bordes.
Luego entras en la ciudad, tan ordenada, tan repleta de normas que espontáneamente aceptamos y cumplimos. La ciudad, donde todo se explica y, por lo tanto, se acepta. Una vez dentro se olvidan, pero ahí fuera están los habitantes de los bordes de la carretera.