Historias de todos los días
11 Octubre 2011
El calor no quiere irse. Parece que las nubes nos tienen manía. Se que es políticamente incorrecto, pero estoy harto de cielos rasos azules un día tras otro. He agarrado la bicicleta y me he ido a dar una vuelta al Retiro. Si no tuviera en mi cabeza el concepto del tiempo y además no fuera observador, diría que estaba en medio del verano, auqnue el cansancio de los árboles no cuadraría.
A pesar del día luminoso hay cierto ambiente de pesadumbre en el ambiente. La gente va pensativa y mirando al suelo. Me cruzo con un gran número de hombres en grupos de tres, también duos. Van bien vestidos, trajeados, camisas limpias, corbatas y chaqueta al hombro. Pasean por el retiro, afeitados y sonrosados, pero con cierto semblante gris en sus rostros.
En realidad, nadie sabe muy bien dónde ir,los lugares que antes eran comunes ahora son ajenos y todo el mundo piensa, piensa sin parar sin salir de un cículo pequeño, extremadamente pequeño. Cada día me siento más extraño y cada día entiendo todo menos.
Ayer agarré mi azadón y de nuevo me enzarzé en eliminar malas hierbas al atardecer. Me puse mis casquitos y me perdí en la rutina física. Me comienza a sangrar la nariz. No me lo explico. Lo junto con el tremendo cansancio que parecezco arrastrar y que tampoco entiendo. Enseguida pienso en una enfermedad terminal que me impedirá acabar mi huerto. Pasan aviones sobre mi cabeza, abajo ladra un perro. Sigo golpeando la Tierra, me fascina ver los insectos que de vez en cuando emergen del suelo. Microcosmos que les estoy destruyendo. Me siento y fumo un pitillo, sudo. de pronto me concentro en un pequeño trozo de suelo, briznas de hierbas, verdes y amarillas se mueven, giran sobre si mismas como enderezándose, como poniéndose en pie. Me fascina, me acerco más a ellas, las observo, de un momento a otro espero oirlas gritar, hablar o quejarse. Siento un poco de miedo también. Todo esta vivo alla abajo, un mundo desconocido, ajeno a todo lo que nos aflige. Alargo mi estancia en el lugar tratando de encontrar nuevas evidencias. Soy consciente de estar rodeado de miles, millones de seres vivos diminutos que observan y analizan mi trabajo. Ignoro si están de acuerdo con mi tarea o no, si prefieren vivir en un páramo límpio o prefieren la espesura de la maleza. Hay plantas raras, secas, plantas de otro planeta, marrones oscuras, más altas que yo algunas. Me acerco a los dos membrillos, ya cuelgan sus pesados frutos doblando las ramas, los observo con la boca abierta, como un tonto. Ellos ni me miran.