Historias de todos los días
13 Mayo 2010
Vamos tan rápido, hacemos tantas cosas en tan poco tiempo, comprimimos tanto hechos en el espacio de uno sólo que lo cercano se vuelve lejano, que perdemos la capacidad de dar relevancia a las cosas que nos han hecho grandes o simplemente a los hechos que lo han sido entre otros menores y sin importancia.
Antes comíamos pipas mientras andábamos, a lo sumo un bocata o una lata de refresco. Ahora te engañan con una gran cena mientras te mueves a 200 kilómetros por hora. Comida empaquetada, envuelta, encelofanada, plastificada, numerada, con su código de barras. Cenas en tu pequeño espacio sin saber donde colocar el segundo plato o los cubiertos de plástico para el postre.
Hacemos tantas cosas en tan poco tiempo que el reto es poder hacer aún más en menos. Hemos creado trenes rápidos, aviones que vuelan altos, telefonos multiusos, tabletas digitales, portátiles, avisadores, satélites, ondas, bandas anchas, pero el cuerpo humano sigue siendo el mismo y nos cansamos. Acabamos agotados.
Nos engañamos, hemos aprendido a dormir en los espacios muertos, apiñados, ordenados, limpios, oliendo bien. Dormimos vestidos y conectados.
No aguantamos y no podemos romper con el ritmo. Es dramático, es inhumano, es paradójico es un símbolo de los tiempos, el dormir en público, en silencio, en mediana alerta, desarrollando un instinto para distinguir, desde la más profunda pesadilla, el timbre de nuestro teléfono.