Historias de todos los días
19 Marzo 2010
Cuanto te echo de menos. Es tan grande la ciudad, me encuentro tan solo en ella. Busco al doblar las esquinas, miro a lo lejos a la multitud de personas andando por las aceras, intentando encontrarte y no te encuentro, pues no estás.
Sólo encuentro gente ajena que apenas reparan en mi. Yo tampoco reparo en ellas. Sólo las observo, y cuando lo hago hecho en falta tenerte a mi lado. No tengo a quien hacer el comentario. El otro día fui a revisarme los ojos. Su cansancio, su sequedad, las lagrimas que a veces salen de ellos así lo recomendaba. Dilataron mis pupilas, por tres veces, y nada encontraron en ellos, acaso sólo edad y tristeza. Como soy un bestia me metí en el coche y apenas pude llegar a casa. Allí estabas tu, esperándome. Vi tu silueta danzante, avanzando, recortada contra el horizonte. ¡Que alegría!, que tranquilidad, al fin en casa contigo, ajeno a todo, aislado, disfrutándote, sin nada que nos agreda.
Nos veo en una Vespa. Yo delante o yo detrás, yo agarrándome a tu cintura o tu a la mía, dándonos el aire en la cara, riéndonos, mirando, a poca velocidad, haciendo eses y riendo, sobre todo riendo. Paramos, seguimos riendo, nos tumbamos en la hierba, miramos al cielo, nos besamos, nos abrazamos y nos sentimos tan amados, tan afortunados que nos da rabia que la vida se acabe.