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Las Razones del Diablo

Historias de todos los días

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Tu cara me suena

IMG00189-20101006-1315El otro día, y para acabar mi semana, tuve otro acto protocolario. Esta vez con señora ministra y todo. Olor a colonia, coches negros relucientes, guardaespaldas con cara de pocos amigos. Séquitos, subsecretarios, secretarios, jefes de gabinete, adjuntos, directores generales, invitados, amigos, conocidos, etc, etc. Bueno, sea como sea, allí estaba yo, tratando, una vez más, de ser transparente. Él acto fue un rollazo infumable de dos tediosas horas perdidas con discursos formales y vacíos, discursos hipócritas, eufemísticos y previsibles. Aquella palabrería acababa en un coctel en una carpa preparada a tal efecto. El acto lo cubrieron dos cámaras, que iban tomando planos de los conferenciantes y luego del ambiente del coctel. Los cámaras, como todos, en un mundo particular de imágenes. Otra forma de vestir, de expresarse. Extremadamente correctos y tímidos. Con barbas de dos o tres días, con una especie de sonrisa constante, me imagino que de ver el mundo a través del objetivo. Gente maja, gente joven, gente joven profesional descreída de aquello que graba, pero que es de lo que vive. Cámaras, tipos que ven más allá, que observan las reacciones de los pedantes ante un foco. 

 

Acaba el acto. Han acabado el trabajo. Se acercan al grupo del que formo parte. Les comento que se tomen un vino. Son chicos responsables, declinan el ofrecimiento. Dicen que no, que tienen que trabajar y conducir. Uno de ellos es alto. Pelo negro sin peinar, una sonrisa constante, barba negra y en los hoyuelos de los carrillos dos piercings en torno a los cuales ha crecido pelo de la barba. Me mira con sus ojos chisposos y me dice: tu cara me suena. Le miro extrañado. No tengo ni idea de la suya, creo que es la primera vez que la veo. ¡Ah sí!, le respondo, pues no se de qué puede ser, pero él no deja de mirarme como si hubiéramos compartido un secreto inconfesable una noche de borrachera. De algún sarao de estos, le digo. El cámara asiente y me sigue diciendo que mi cara le suena. Asiente en que quizás de algún sarao similar al que ahora asistimos, pero algo en su mirada me dice que no, que él sabe de que nos conocemos y que no es de actos de este tipo. Tal es la intensidad de su mirada que acabo diciéndole: pues no se, yo por las noches ya no salgo. No se porque lo hago, quizás porque le imagino de bares, de pubs, de conciertos nocturnos, y yo no lo hago ya. Pero él me responde rotundo y sin dejar de sonreír: yo tampoco. Algo del tipo me agrada. No le conozco, pero no me importaría conocerlo, o haberlo conocido, y compartir con él su visión del mundo, pero su cara no me suena.  

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