Historias de todos los días
12 Septiembre 2018

Tanto guardas las cosas que acabas perdiéndolas.
Anda que no he oído veces esta frase. Jamás hubiera imaginado que me tocará pensarla y sentirla. Parece ser que vuelvo al tema de la mas desconocida dentro de nuestra cabeza.
El caso es que llevaba tres días estrujándome el cerebro sobre donde habría colocado cierto objeto que necesitaba y que estaba seguro de que había puesto a buen recaudo.
Llevaba tres días removiendo al tuntún todos los espacios en los que imaginaba podía estar, pero mi búsqueda, como la de un pirata loco, carecía de patrón, no estaba sujeta a ninguna lógica y sólo se basaba en el azar y la casualidad. Así que mis pesquisas acababan en playas barridas por el viento, con la cara arañada por la arenilla y con los graznidos de las gaviotas sobre mi cabeza. Así, imposible hallarlo.
Tenía que pasar a otro plan. Abandoné la corteza cerebral usada en esta primera fase de mi búsqueda y me adentré en el espacio, dentro de este órgano, encargado de regir las rutinas. Estas nuevas nuevas coordenadas cerebrales son las que, por ejemplo, un sábado, que no suelo ir a trabajar, me llevan de manera inconsciente al trabajo si me subo al coche.
A ver, me dije ¿dónde sueles tú dejar ese tipo de cosas? Pensé y acoté mi búsqueda en tres lugares diferentes. Los tres fueron repasados, al menos en dos ocasiones, pero las indagaciones fueron infructuosas. Estaba claro que no me concentraba en la búsqueda adecuadamente. Lo que me estaba ocurriendo es que a pesar de querer concentrarme en ello, realizaba mis pesquisas como una tarea secundaria de otra, que era la principal. Me explico, si había acotado cierto cuarto como un lugar probable en el que podía haber depositado ese objeto que buscaba, cuando iba a ese cuarto a realizar otra acción (la primaria), aprovechaba para hacer una inspección somera. La consecuencia de todo ello es que el objeto seguía sin aparecer. De hecho, por unos mementos, llegué a pensar que aquel objeto lo había desechado, lo había arrojado a la papelera. Pero, por otro lado, estaba convencido de que eso no había ocurrido.
Así las cosas, ya sólo me faltaba por recurrir a una nueva corteza del seso, la que rige los recuerdos visuales. He tenido grandes éxitos con esta forma de recordar. Soy capaz de rememorar sucesos acaecidos años atrás partiendo del entorno físico del hecho, de la luz del lugar, de si hacía frío o no, del ambiente, olores, grado de confortabilidad e incluso que sentimiento causó todo ello en mí. Con este método he conseguido rescatar a personas olvidadas que compartieron conmigo aquel espacio, frases y estados de ánimo, el sabor de los alimentos, así como los hechos inmediatos, tanto anteriores como posteriores.
La memoria visual me funciona extraordinariamente. Eludo la abstracción que supone recordar y me centro en una especie de vídeo de mi acto, en este caso el de guardar el objeto, con ello determino su ubicación.
En este caso mi memoria visual se combino con la de las percepciones físicas y todo ello me llevó a vislumbrar que en el momento de guardar aquello estaba de píe y alzaba mi brazo hacia un lugar por encima de mi cabeza.
¡Cojonudo!, me dije, ya sé donde está. Fui a su encuentro sin vacilación y, efectivamente, en la librería, sobre los lomos de los libros, descansaba aquello que buscaba. No sé si se sintió feliz de ser encontrado, el objeto,. No sé si anhelaba dormir un largo sueño hasta que una mudanza lo hiciera emerger y de nuevo yo recordara esta tarde de búsqueda. El cerebro y dentro de él, la memoria.