Historias de todos los días
10 Febrero 2019

Hay personas que van contigo, prácticamente, toda tu vida. A veces son personas muy lejanas en el tiempo, de las que apenas tienes ya referencias claras, pero quedan en tu retina pequeñas partes de ellas. Me refiero a una mirada, una frase, un sonrisa, un guiño. En realidad, son pequeños actos, pequeños trazos de vida, pero imborrables, y con los cuales puedes definir una época o una etapa entera. Trazos lejanos que tienen capacidad para descubrir cómo eras en aquel momento, hasta cómo te sentías; incluso si eras feliz y porque. Al menos, esto me ocurre a mí, y viajan conmigo instantes de hasta mi más temprano infancia, detalles inexplicables llenos de color, destellos de luz en medio de espacios en blanco.
En paralelo, hay personas que borras de tu vida y también me ocurre. Te quedas asombrado de como las haces desaparecer, incluso sientes algo de rubor pues, a fin de cuentas, significa hurtar toda su personalidad y convertirlas en un mero vacío. Sin embargo, me dicen que es un mecanismo automático del cerebro que, sabio él, tiende a hacer desaparecer de tus recuerdos a aquellas otras con las que compartiste malas experiencias. El cerebro tiende a eliminar los tiempos oscuros, los tiempos pesados y conflictivos.
El otro día, comiendo y charlando, aparece encima de la mesa una de estas personas y me sorprendo. Su rostro está ya blanquecino, como el de un cadáver ahogado en el fondo del mar. Pero, de pronto, una caricatura de él queda al descubierto al removerse el fango abisal que lo cubre, pero sus rasgos están difuminados y mirando a las cuencas vacías de sus ojos, no puedo acordarlos, ni su mirada, tampoco sus labios. Mucho menos, por supuesto, los lóbulos de sus orejas, su cuello o del tono de su piel. Todos estos hechos son irrefutables para verificar que lo mejor es dejar a aquel cuerpo hundido.
Aún así, estuve haciendo memoria, pues me preguntaron sobre esa persona. Asombroso, ni siquiera me acordaba de su nombre y tuve que hacer un gran esfuerzo para reconstruir la sílaba que lo constituía. La pronuncié, esa sílaba, un par de veces en voz alta, pero a pesar de ello me llevo tiempo estar seguro de que el sonido era el correcto.
Hice un esfuerzo por volver a traer hasta mi presente a aquel pasado lejano, tanto que me propuse escribir sobre el antes de que los últimos retazos, todos ellos negativos, creo, se acabaran de borrar. Pero he llegado a la conclusión de que no me apetece, de que no quiero dispersar la neblina espesa que los cubre.
Me he dado cuenta de que prefiero mantener el silencio, incluso el mental, no vaya a ser que tratando de conectar circuitos y chispazos, vaya a volver a mi el malestar y el desazón que viví con aquel ser, podemos añadir que humano. Quizás, si alguna vez escribo una historia con un principio y un fin, pueda usar a este personaje como elemento dinamizador, pero no ahora. No quiero que conforme contenido en estas hojas.