Historias de todos los días
9 Noviembre 2018

La verdad que mi primer matrimonio fue un auténtico desastre. La decisión, si la llegó a haber, fue errónea y, consecuentemente, todo lo que siguió después una suerte de despropósitos, incomodidades y, lo peor de todo, dolor.
No sabía muy bien dónde me había metido. Uff, el matrimonio. Todo aquello se me escapaba, era incapaz de controlar mis emociones, mis sentimientos y mis deseos, y el sagrado vínculo, porque me casé con el mayor de los espectáculos religiosos disponible, nunca consiguió anidar en mí. De repente, simplemente, me sentía preso.
Recuerdo muchas cosas de aquel día, pero lo que mejor y más nítido conservo en mi cerebro es el hecho de que el día era lluvioso, muy lluvioso y yo, el futuro casado, me dirigía sólo, vestido como un pimpollo, en mi propio coche a la iglesia. Lo cierto es que el hecho era extraño, el de ir sólo, pero así era. Y lo mejor de todo es que casi me doy una buena leche con un taxista, y también pienso a veces que si ese accidente hubiera ocurrido la cantidad de tiempo y malos rollos que yo y algunas otras personas nos hubiéramos ahorrado.
Pero esto no es lo que quería contar, aunque sí el origen de lo que quería contar. El final de ese matrimonio ocurrió poco tiempo después, tampoco recuerdo cuánto, pero poco. Y, por favor, creedme si os digo que no fue una cuestión de falta de voluntad, simplemente fue imposibilidad. No pude asumir aquello porque no lo conocía, cuando lo conocí y lo viví, lo dicho, fue imposible.
Como estaba desconcertado y también un poco avergonzado, decidí huir lo más lejos que pudiera. Y así es como acabé en una casa extraña en una urbanización extraña, en un pueblo extraño, a bastante distancia de la ciudad. Iba y volvía todos los días en tren y, la verdad, me resultaba reconfortante la sensación de sentirme anónimo y desconocido en aquel entorno y en la rutina de aquellas personas que compartían conmigo trayecto y lugar.
La casa me la prestó mi hermana por una temporada. Era una casa de una urbanización de verano, cerca de las montañas, por lo que allí no vivía mucha gente en los meses que no correspondían al estío. Era un lugar con aspecto de abandonado por sus moradores, una rareza en aquellos meses oscuros del invierno. No recuerdo como me organizaba, donde compraba comida o cómo me organizaba con mi ropa. Sí sé que fue una etapa de silencio, con poca actividad social, salvo la que me exigía mi trabajo.
La casa era fría, y no me refiero a la temperatura. Estaba salpicada de muebles toscos, los imprescindibles para una habitabilidad mínima , sus sillones y sillas eran incómodos y su iluminación dependía de unas bombillas desnudas, en algunos casos, o escondidas en lámparas anodinas en el los techos. Hice lo que pude para que aquel lugar fuera lo más acogedor posible.
En medio de aquel entorno solitario y sin vida, obviamente, hice una especial amistad con un gran ficus que había en el salón. Me llamó la atención desde el principio. Era hermoso y, a pesar de la soledad de la casa durante temporadas, estaba grande y verdes.
Al ser el único ser vivo que parecía compartir conmigo aquella etapa solitaria, no tardé en hablar con él un ratito todas las noches. Era reconfortante saber que al final de la jornada me esperaba el ficus. Le saludaba y le contaba mi día. Veía la tele con él, comentaba con él alguna película y le daba las buenas noches y los buenos días.
Me empeñé en devolverle el mismo cariño que el me daba, así que, además de hablarle, empecé a regarle una vez por semana. Me imagino que ni me quedaba corto de agua, ni me excedía en mi riego, pues el arbolito parecía estar más verde y ampuloso cada día.
Una noche, en la que estaba especialmente cansado, me tumbé en el sillón mientras veía la televisión. Como era costumbre, comentaba con él lo que emitía el aparato y al girar mi vista para dirigirme a él vi un extraño brillo en una de sus hojas. Aquello me llamó la atención, tanto que me incorporé del sillón para verificar la razón de aquel brillo. Al cambiar mi posición, el brillo desapareció de la hoja, pero ya que estaba junto a él, quería inspeccionar más a fondo, así que suavemente acaricié la hoja, luego otra, luego otra más, hasta que constaté que aquel ficus era de plástico.
Me quedé de píe, frustrado, riéndome de mí mismo y hasta compadeciéndome. Aquella noche tuve la sensación de haber llegado a algún fondo y de que tenía que empezar a tomar decisiones. Aquel lugar me estaba sentando mal y no había nada real en él. Poco tiempo después me marché.