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Las Razones del Diablo

Historias de todos los días

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La cueva

Vivir en un otero tiene sus ventajas. Una de las mayores es que no te haces pis encima. Ya me ha ocurrido algunas veces, y ayer me volvió a ocurrir. 

Volvía yo de mis quehaceres profesionales después de una jornada larga, una jornada que se me antojaba como el cuerpo de una anaconda pálida y gorda. Había estado tomando un vinito antes de comenzar el camino de vuelta y una vez consumido, me metí al coche. Mi error fue no ir al cuarto de baño antes de abandonar el local, pero de él, de mi error, me di cuenta en la carretera, en medio de la noche y con unas ganas terribles de llegar a casa. 

A medida que avanzaba era claras las señales que emitía mi cuerpo sobre su necesidad de evacuar. Cómodamente sentado al volante, iluminado por el reflejo verde de mi salpicadero, deslizándome como una nave espacial en medio del espacio oscuro, pero mi vejiga alteraba toda aquella paz ajena al entorno. 

Cada vez faltaba menos y llegue a ese punto de inflexión que genera el cerebro y que transmite al organismo. Había decidido aguantar y ya no había camino de retorno o, como dicen en aviación: V2 Rotación. Ya sólo quedaba que mis cálculos fueran correctos y que nada en la carretera hiciera aminorar mi marchai que ningún camión, autobús o conductor perezoso se cruzará en mi camino. 

Oteé la negrura, veía la carretera iluminada por mis faros desaparecer tras cada curva, hacía pronósticos mentales de en qué puntos podía acelerar y en cuales debía de frenar. Con cada cambio de ritmo de la marcha, mi vejiga se alteraba y no dejaba de enviarme sensaciones con el claro mensaje de que estaba al límite de su capacidad de retención. 

Desde la carretera tomé la salida que, tras un minuto escaso, me subía hasta casa. Mi cuerpo ya sólo me ofrecía unos segundos más de margen. Enfilé mi calle, la que asciende en suave curva hasta lo alto del cerro. Ya veía mi casa. Si bajaba del coche y daba cinco pasos podría entrar, y según me introdujera en ella, a la izquierda, tenía el cuarto de baño. Pero sabía que no podría llegar, pues mi cerebro ya había establecido su objetivo. 

Apenas puede encontrar fuerzas en mis músculos para aguantar mientras hacía las maniobras de aparcamiento. Bajé del coche y me fui directo al borde del risco y allí, mirando el horizonte con el tintinear de sus puntos de luz lejanos, meé con ese placer que proporciona hacerlo en el campo, formando parte del ciclo del que nos hemos salido por la tangente como cohetes locos. 

Entré en casa.,aun con la sonrisa del placer recién vivido . Iba a dar la luz, pero decidí encender una vela y estar un rato a su alrededor, dejándome iluminar por su tenue resplandor amarillento, observando las figuras danzantes que su nerviosismo creaba en las paredes, sintiéndome en la cueva, en el origen del silencio, en la incógnita del qué será mañana. 
 

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