Historias de todos los días
1 Marzo 2019

Sigo en mi monte, oteando desde él, asomándome a la terraza y mirando esta naturaleza de tonos tostados que me rodea.
Hoy volvía y en la pequeña carretera habían cortado el tráfico. Media docena de coches de bomberos, guardia civil y policía municipal retenían a los vehículos que circulábamos con un gran estruendo luminoso de destellos azules. Un helicóptero sobrevolaba la zona.
Apago el motor y me quedo allí, observando como lenguas furiosas de fuego se comen zarzas y matojos por todas partes. Se elevan columnas de humo de cada una de ellas y han formado una nube oscura sobre la zona. Estoy plácido dentro del habitáculo de mi coche, pero me siento inquieto al mismo tiempo. Por fin nos movemos, huele a quemado.
Son días extraños. Un fantasma de la primavera se ha colado en el ambiente y ha hecho desaparecer al invierno. Creo que estamos todos desconcertados, pero nadie nos atrevemos a decir nada. Todo está cambiando tan rápido que mejor observar, sentir y asimilar. Hace poco estas tierras, ahora quemadas, estaban frías, e incluso congeladas.
Llevo unos días, o más bien debería decir una temporada, pensando en las incógnitas que me plantean los matices de la soledad, cuando la vida comienza a declinar. Lo pienso en el coche, mientras espero a que vuelvan a reabrir la carretera. Allí estoy, solo, sin nadie con quién compartir el hecho y las sensaciones que me crea. Estúpido momento para ponerte a reflexionar sobre todo esto.
Ignoraba que fuera a llevar tan mal la cuesta abajo. Recuerdo que lo dijiste: es más placentero y fácil subir que bajar. Una vez has pisado la cumbre, respiras, miras a tu alrededor, te tomas unos minutos para sentir la satisfacción y comienzas a pensar en el descenso. Y una vez en él, la cabeza cambia. Se vuelve a cargar el cerebro con todas esas cosas que habías dejado abajo.
Llegué a esta localidad hace ya no sé cuantos años. Tengo mala memoria, muy mala. Es curioso que pueda recordar hechos recónditos, y con ellos todos sus detalles, pero que sea incapaz de medir períodos anuales. Debe de ser porque durante todo este período mi vida ha sido tan lineal que, a pesar de haber pasado tanto tiempo, se me antoja escaso. Sin embargo, han pasado los años y creo que con ellos he entrado en otra espacio en el que no sé moverme, en el que no sé cómo comportarme, que aceptar o que rechazar.
Supongo que son ciclos nuevos, o que es rabia de tener que abandonar en el que ahora andaba y la lógica resistencia a aceptar el que ahora me toca. Esto explicaría mi actitud hosca, mi mal humor, como me dicen, mis cambios de actitud o mis inseguridades. Se acaba el tiempo y no es que no quede aún, sino que tomas conciencia de su finitud. Y ya me gustaría que mi cabeza lo aceptara como lo hace mi cuerpo, con la naturalidad de esa máquina maravillosa sin piezas de recambio.