Historias de todos los días
28 Marzo 2020

Hoy el día ha sido blanco. Los días blancos son aquellos en los que no piensas nada, no sientes nada o, al menos, no con el suficiente empeño como para que cause en ti convicciones o llegue a provocar conductas. Más o menos, sabemos cuándo queremos tener un día blanco, es algo que se manifiesta de manera casi inconsciente, te lo pide el ser.
El día ha sido de ajetreo. Creo que desde que me he levantado me lo he propuesto así. El objetivo era estar ocupado, no pararme a darle vueltas a nada. En realidad, es como entrar en un pliegue de tiempo en el que, aun siendo mortal y tridimensional, tratas de no formar parte de la realidad del mundo. Hacer cosas es lo mejor para conseguir ese estado. Tu te conviertes en una parte más de esas cosas que haces y no eres más importante que el tambor de la lavadora, el detergente, el tornillo, el taladrador o la aspiradora. Subes y bajas por las escaleras, únicamente movido por el hecho de coger algo o buscar un instrumento que se adapte a tus propósitos, y mientras te desplazas a por él, ese elemento ya está en contacto contigo y sabe que es el elegido.
Es todo un ejercicio de coordinación, una actuación donde sólo prima la eficacia y en la que no tiene cabida el desaliento, automatismo puro.
Llevo varios días trabajando sólo con la cabeza, así que hoy ha sido muy alentador dejar al cerebro descansar un poco y exigir de él sólo el mínimo necesario para ejecutar lo que ya sabemos cómo se hace. El resto nada, el resto observar, pero ni siquiera con análisis alguno. Acaba el día, y no acaba sin un fenómeno extraño, para el cual no he encontrado explicación. He subido a ver cómo estaba la noche, lo hago todos las noches. Miro al cielo y veo si hay estrellas o no y también si hace frío, de qué punto cardinal sopla el aire y también miro las luces del horizonte. Pero hoy, cuando he abierto la puerta una luz intermitente anaranjada iluminaba la entrada. Perplejo me he asomado y he visto que eran las luces de emergencia del coche. Algún problema de la batería, algún cortocircuito he pensado, y he salido para verificar. He abierto el coche, que estaba cerrado y, simplemente, estaba presionado dentro el piloto que acciona esas luces, pero, ¿quién lo ha presionado? Lo he apagado y he vuelto a cerrar el coche. Misterios, o vaya usted a saber qué. No he sentido inquietud, ahora tampoco la siento, pero me imagino que antes de irme a la cama verificaré que todo alrededor está tranquilo. En medio de esta quietud, en medio de la vida tranquila que crece perezosa e impone otro ritmo, este tipo de hechos mecánicos parecen tan ajenos que no les das la importancia que igual deberías darles. Quizás, dentro de poco, los coches no sirvan para nada porque no haya sitio alguno al que ir.