Historias de todos los días
24 Marzo 2020

Son tímidos y recelosos, pero al mismo tiempo descarados. Gustan de observarte desde donde no les puedas observar tu a ellos, lo que unido a su silencio, gracilidad y tamaño me hace no sentirme a gusto con ellos. Muchos amigos, aunque son más amigas, tienen uno o una y lo que comentan es que establecen con ellos o ellas una relación extraordinaria, aunque en todos esos relatos he percibido que son ellos, o ellas, los que acaban amoldándose a las manías y a los hábitos del gato.
En mi vida me he cruzado con pocos gatos amigables, y me explico, no quiero decir que no los haya o pueda haber. Pero, normalmente, con los seres vivos de la naturaleza que me he topado suelen actuar de dos formas: o bien rehuyen del ser humano, y en cuanto le huelen o le ven, se escabullen y tratan de ocultarse de él, o bien intentan amigar contigo, mueven el rabo, y tratan de complacerte y agradecerte tu cariño, los perros. Por lo tanto, en mi mundo divido a los animales entre los de actitud perruna y los salvajes que prefieren buscarse la vida a cambio de su libertad. Como pago a esa soberbía y a su afán de independencia, con éstos últimos acabamos jugando a cazarlos. Pero aquí ya sería hablar de la raza humana, en la que hay de todo y últimamente, mucho gilipollas, por no decir palabras mayores.
Pero los gatos están en otra categoría, vamos que tienen su categoría propia, pues actuando como salvajes no paran de estar a tu alrededor y quieren beneficiarse de tu alimento, de tus cuidados; que si dame algo, ponme un cacillo de leche. eso sí, ni te me acerques y ni de coña vas a poder tocar mi lomo, que me pongo muy nervioso. Deja ahí lo que me vayas a dar que hasta que no te pires no me voy a acercar a olerlo y, si es de mi agrado, me lo zampo.
Me acuerdo, hace mucho, que fui a visitar a unos amigos a una casa en la que vivían en el campo. Pues bien, tenían un gato al que mi presencia no debió de agradarle mucho, porque desde el día en que llegué aquel bicho, según me dijeron sus propios propietarios, no se dejaba ver mucho. A pesar de todo, la convivencia, más o menos iba. Pero el colmo fue una tarde en que mis dos amigos se marcharon a dar una vuelta al campo. Yo estaba cansado, además, el tiempo era desapacible, así que decidí disfrutar del atardecer junto a la chimenea, no recuerdo si leyendo. El momento estaba siendo mágico hasta que fui consciente de que el jodido minino estaba en casa y que, desde algún rincón u oculto en alguna sombra, debería de estar acechándome. Me fui poniendo nervioso y tenso, hasta que el muy cabroncete me hizo levantarme e irme a busca a mis amigos a la tasca del pueblo, venció..
Hoy, que he vuelto a ver a mi abejorro, también me he encontrado con uno de los gatos que habitualmente rondan por casa.
—Dame algo—, me dice. Le trato de encontrar, pero no le encuentro.
—Dame algo—, vuelve a decirme.
—No hay nada, no doy nada a quien no veo—.
—Pues no voy a salir—, me responde, no me fío de ti.
—¡Coño!, y si no te fías, ¿para qué me pides nada?—, le digo.
—Por si cuela.., responde. Me río.
Sigo buscándole pero sigo sin saber dónde está.
—¿Qué os pasa?—, pregunta.
¿A quién?—.
—No te hagas el tonto, a los humanos, últimamente no os veo, estáis raros, está todo muy tranquilo, me aburro—.
—Estamos cada uno de nosotros en casa, encerrados, reflexionando sobre nuestros errores—.
—Ja, ja—, se ríe el gato, —¿reflexionando? ¿errores? Eso no es propio vuestro, se os ve siempre tan seguros de vosotros mismos. Nos parecéis raros, sois una especie extraña, siempre justificándoos, dame algo—.
—No te veo, lo siento—.
—No me fío de tí—.
—No me vas a ganar la partida—, le digo, no conseguirás que té nada si no te muestras.
—Está todo cerrado a cal y canto, no hay desperdicios, no hay restos de comida y no se qué ocurre que cerráis las bolsas de basura como si se fuera a escapar algo. Antes las tirabais a los contenedores de cualquier forma y era fácil oler alimento o escarbar en busca de él—, dice el gato.
—Bueno, ahora nos planificamos mucho para bajar la basura. es un acto importante—, le respondo. —Lo pensamos, buscamos el momento más adecuado y preparamos la bolsa a conciencia, nos hemos vuelto ordenados y metódicos—.
—Pues vaya plan—, dice el gato. —Dame algo—, añade.
—Ya sabes la condición—, sal de donde estés y pídemelo educadamente, le respondo.
—Lo llevas claro, humano. No me fío de vosotros, y menos ahora. Además, los gorriones están contentos, están expandiendo sus vuelos, hay más en más árboles, y también han aparecido ardillas, y roedores. Poco a poco están ganado terreno, así que no te necesito, es más, mejor quédate dentro de casa, así yo en la calle estoy tranquilo—.
Cabrón de gato, pienso. No le vuelvo a oír.