Historias de todos los días
12 Julio 2025
/image%2F1394334%2F20250712%2Fob_61b20b_img-8603.jpeg)
El mes de julio ha comenzado muy, muy duro, en lo relativo a las temperaturas que marcan los termómetros.
Ha llegado la primera ola de calor de este verano, o eso dicen en los medios de comunicación, y Lipo anda hundido en un letargo de luz blanca y de horas lentas, abrasadoras y densas, cargadas de inmovilidad, para evitar esfuerzos que se traducen en sudor.
Una tarde de uno de estos días de la ola, Lipo llega a casa. Espera dentro del coche para ver si alguno de los cinco o seis gatos que habitan en con él en el otero salta la verja de su casa y vienen a recibirle. Es una práctica habitual de los felinos desde hace meses. Obviamente, y conociendo la personalidad de estos felinos, Lipo sabe que les mueve más la posibilidad de que les proporcione algún alimento que la del amor que puedan sentir hacia él. Todo lo contrario a cómo actuaría un perro. Bueno, quizás la excepción sea la pequeña Mot, única del grupo que poco a poco se ha ido acercando a él e incluso comienza a dejarse acariciar. Lipo sabe que es lo que desea la gata, porque arquea la espalda y anda en torno a él rozándole. Sin embargo, ninguno de ellos aparece.
Piensa Lipo que deben de estar semi asfixiados, despatarrados bajo alguna sombra, dormitando, haciendo descender las pulsaciones de su organismo hasta sólo las necesarias para mantener la función de los pabellones auditivos de sus puntiagudas orejas. Ya acudirán al anochecer al gran ventanal de la cocina, piensa Lipo, para reclamar, como todos los días, algo para comer.
Sin embargo, por la noche, ninguno de los gatos ha acudido a la cita y Lipo se muestra extrañado. Abre la puerta trasera de la casa esperando, también como siempre, que acudan a sus pies tres o cuatro de ellos para reclamar sus viandas, pero no hay ni rastro de ellos. Piensa Lipo que el día ha sido tan caluroso que puede que hayan desistido de hacer la excursión desde dónde quiera que estén hasta casa, demasiado esfuerzo. Mañana será otro día y Lipo da por concluido el tiempo de dedicación a los gatos. Si alguno de ellos aparece ahora, que le den. Mañana será otro día.
Ese mañana fue otro día, y otro y otro más, y hace ya más de una semana que no hay rastro de la manada gatuna dorada y esa excepción genética que es la pequeña Mot, por ser su pelaje a manchas blancas, marrones y algún matiz negro, frente al dorado atigrado del resto del grupo.
Lipo no sabe si está aliviado o triste por la no presencia de los gatos. ¿Cuántas veces se ha quejado de, al llegar a casa, tener que dedicar tiempo a la tropa gatuna y darles algo de comer? ¿Cuántas de que ronden su casa y observen descarados a través de las ventanas laterales, que dan al sur, o del ventanal de la cocina, que da al oeste? ¿Cuántas de recoger comida sobrante del restaurante en el que come casi todos los días y que recolecta con L en connivencia con los camareros del local y que transporta en paquetitos de papel de aluminio? Pequeños bocados delicados para una tropa que, a excepción de la pequeña Mot, se muestra casi siempre esquiva, recelosa y asustadiza. Huyen de él, pero le rondan. El gran monstruo nos da alimento.
Pasan los días y tampoco están por las mañanas temprano, tumbados al sol, como solían hacer en invierno, aunque ahora, con estos calores, se entiende. Lipo observa sus rincones, sus espacios, los lugares por los que los lleva viendo rondar hace mucho tiempo. Ni rastro, si acaso, un par de gatos nuevos recorriendo tímidos los reinos de los Dorados y a los que Lipo, al igual que ellos, muestra indiferencia.
Todo es muy extraño, piensa Lipo, pues cree él que nada desaparece de la noche a la mañana, sino que se va diluyendo, desdibujándose hasta su inexistencia, salvo la muerte, claro está.
Así que Lipo piensa en esos vecinos raros, los raritos, esa pareja de hijos de puta pirados. Él, disfuncional total. Más de una noche le ha pillado, pasadas las campanadas que limitan los días, perseguir a crías de gatas entre la maleza, intentando darles de comer. ¿Qué coño quiere? ¿Acariciarlas? ¿Qué le reconozcan y se lo agradezcan? No hay nada más peligroso e indomable que un cerebro perturbado, piensa Lipo. Les dejan a los felinos platillos de comida alrededor de la puerta de su casa, y los gatos la rondan, pero a Lipo aquella casa se le antoja como la de los horrores, como la casita en el bosque de Hansel y Gretel. ¿Y si los han raptado? Una mañana ve la silueta de él, con esa nariz aguileña y larga como la de un pajarraco, reflejada en el metal del portón de la casa horripilante. Pueden haber sentido celos y hayan secuestrado a la manada para abducir el cariño de los felinos, y que los estén cebando y engordando para que no puedan volver a saltar la valla. También piensa en aquella loca que una noche estaba en el coche esperando a que las gatas entraran en una jaula en cuyo fondo había situado comida, decía que para esterilizarlas. Y piensa Lipo que está rodeado de dementes y pirados.
Los gatos, como boyas que se han cansado de estar sumergidas, van emergiendo a la superficie. Solitarios los encuentra Lipo; dormitando, paseando como elegantes tigres, y alguno se acerca. Pero ya no van en manada, van a su aire, si acaso pasean dos, pero no aquella manada que rondaba y dominaba aquella parte del otero. Y se pregunta Lipo si alguna vez volverá a reinar aquella estirpe, o si bien guerras internas o externas, rebeliones o sucesos inesperados habrán acabado con ella y con la coherencia que la sustentaba.