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Las Razones del Diablo

Historias de todos los días

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¿Quién se cree nada?

Lo que más recuerdo del famoso 11 de septiembre, aquel día en que observamos en directo cómo dos aviones se estampaban contra las torres gemelas de Nueva York, son las llamadas que recibí. Y es lo que más recuerdo porque algunas de aquellas llamadas eran de personas de las qué hacía mucho tiempo que no sabía nada. 
Lo curioso de aquellas llamadas es que eran angustiosas y me preguntaban, a mí, qué estaba pasando. Ignoraba porque me hacían esa pregunta, pues aquella tarde asistimos, creo que por vez primera en directo y en tiempo real, a un suceso del que nadie era capaz de explicar sus razones ni su fin. Del acontecimiento en sí, recuerdo, simplemente, observarlo. 
Me vienen a la cabeza dos hitos globales más. El primero del que tengo alguna memoria, pues era muy pequeño, es la llegada del ser humano a la Luna, pero en aquel caso un narrador oficial iba describiéndonos todo lo que estaba pasando de manera minuciosa. No había nada que explicarse, bastaba con observar y asombrarse del espíritu aventurero y la capacidad tecnológica de nuestra raza.  Y aún así, si tenía dudas, mi abuelo estaba a mi lado, y él lo sabía todo. Mi mente infantil también anhelaba ver extraterrestres. Obviamente no podían ser marcianos, pues ellos habitaban en Marte y el hombre estaba en la Luna. Pero allí no había nada, las imágenes, en blanco y negro y borrosas, mostraban un terreno pedregoso y blanquecino con un fondo negro. Hay por ahí ciertas teorías que afirman que el Hombre jamás llegó hasta allí, basándose precisamente en esas imágenes, en sus sombras y contrastes. Vaya usted a saber. 
El otro hito global que también recuerdo es el de la guerra de Irak. Empezó una noche, así, de sopetón. Lo transmitieron en directo desde Bagdad a una hora que incluso estaba prevista. Pocas horas antes de que comenzase el espectáculo yo volvía en el coche de zanjar una relación con una chica. La había escrito una carta (no existía aún el mail ni el whatsapp), pero como la despedida se dio mal y no aceptó mi misiva,  recuerdo que hice añicos aquella carta y lancé sus decenas de trocitos por la ventanilla mientras circulaba por la autopista, a modo de confeti. Me dije a mi mismo que tenía que olvidar aquel asunto, así que me reconforté pensando en llegar a casa y poner el televisor para ver, en directo, el inicio de la guerra. De ahí que me decepcionará tanto, pues aquello arrancó y, acostumbrado a las batallas de las películas, me pareció una simple feria pirotécnica. 
Volviendo al día de las torres,  las gemelas, me ha quedado grabado lo entrañable de las conversaciones con aquellas personas que se pusieron en contacto conmigo, la credulidad que depositaron en mí al marcar mi número de teléfono y la sensación que antes mencionaba, que yo, como ellos, tampoco sabía encontrar la razón de aquello y menos aún, qué iba a ocurrir después. 
Muchos años más tarde, mi conclusión es que no ha pasado nada que no habría de pasar estuvieran o no aún en pie esas torres. De hecho, ya hay otra levantada. 
Lo de las torres gemelas fue un hecho global, un acontecimiento vivido en directo por todo el planeta a través de los medios de comunicación. Pero con la peculiaridad de que no estaba previsto. Por vez primera, los acontecimientos se nos ponían delante de los ojos sin tutela ni manual de instrucciones y éramos los espectadores, los encargados de interpretar, a partir de nuestro juicio, lo que observábamos. No había, como hay ahora, el nivel de interacción instantánea que nos rodea, eran otros tiempos. Por ello, cuando pienso en el hecho, he de confesar que a mi cabeza viene el término estética, la estética de aquellas imágenes que observé a través del televisor de un establecimiento al que iba a comer.  Y como yo, abducidos por ellas, medio centenar de personas que había en el local, y su silencio. 
No tengo una gran capacidad intelectual, mi cultura tampoco es vasta y creo que en esta vida casi todo lo que ocurre está motivado por un puñado pequeño de sentimientos y anhelos. Por ello, para mí, las torres gemelas no forman parte de la historia, o aún no. A lo sumo, uso el acontecimiento para descubrir si una película en la que aparece Nueva York, fue rodada antes o después de que sucumbieran. 
Pero si trato de ir un poco más allá, también concluyo que, a partir del hecho, y al margen del personaje de las barbas, Bin Laden, que de la noche a la mañana alcanzó el estrellato mundial, también emergieron el imperio del bien y el imperio del mal y el primero comenzó a hacerle la guerra al segundo con el objetivo de aniquilarle, lo cual ha instaurado en mi cabeza una especie  de Cruzada moderna de caballeros fuertemente armados en parajes desérticos y en los que es difícil ver al enemigo. También, y a partir del hecho de las torres, trabajo el triple, o quizás el cuádruple, pero por la mitad o por una tercera parte de los ingresos que percibía cuando las torres estaban en pie, y encima para un pavo o pava, la mayoría de las veces simple como un cubo,  a miles de kilómetros de distancia, que no sabe quién soy ni que pienso, la globalización, la que permite que un virus detenga al mundo, ¿quién se cree nada?

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