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Las Razones del Diablo

Historias de todos los días

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Añoranza

Ignoro la razón por la que cada vez que voy a una ciudad que no es la mía, me gusta pasear solitariamente por sus calle. Sí, sé que es una apetencia de mucha gente, pero lo cierto es que cuando lo hago, no suelo toparme con gente solitaria que, como yo, pasee, observe y se detenga mirando edificios. Claro que se ve a gente sola, pero hay algo en su forma de moverse y de no mirar, que te indican que es un habitante de esa villa, que va o que viene. 

Tampoco me interesan los monumentos emblemáticos de la ciudad, me refiero a catedrales, plazas mayores, ermitas, santuarios o museos. Ello no quiere decir que no llamen mi atención, pero está todo tan clasificado, empaquetado, preparado para el visitante, que creo que todos estos lugares que aparecen en las guías han perdido su espíritu original. 

Antes, recuerdo, que me encantaba observar escaparates. Había una cantidad inmensa de pequeños negocios locales con un sabor oriundo. Además, podías encontrar artículos increíbles y antiguos, escondidos en estanterías o arrinconados. Objetos, la mayoría de las veces inservibles para un burgués occidental, pero que te hacían gracia o te hacían añorar, quizás, una vida que no es la tuya. Desgraciadamente, todo eso ha desaparecido y todos esos pequeños comercios han desaparecido (alguno queda suelto, sobre todo ortopedias), el resto son putas franquicias, marcas que encuentras en cualquier cuidad del planeta, con los mismos artículos, las mismas mercancías y a igual precio. 

Ante esta situación, más que pasear, andas y como la vista la vas retirando de todo lo vulgar, acabas haciendo más ejercicio que dando un paseo. En definitiva, ahora me dedico a buscar vestigios de lo que fueron las ciudades antes de que la maravillosa globalización estandarizara el mundo. Me imagino las gentes que habitaban sus calles, sus rutinas, las tiendas, los visitantes de antaño, establecimientos, cafeterías, salones de té, pastelerías, jugueterías, droguerías, ferreterías, carnicerías, pescaderías, todas esas tiendas que se agolpaban en los bajos de las casas de los barrios, haciendo eso, barrio. 

Soy corto de imaginación, por lo que no llego a mucho, pero si encuentro a veces, mirando un rincón, resumir en una sensación, eso que busco. En realidad, es como oler y, a partir de ese olor, poder hacerte una idea acertada del sabor y la textura. 

En mis paseos no me gusta que me acompañe nadie. Básicamente porque la gente no parece haberse dado cuenta de la transformación que ha ocurrido y siguen, erre que erre, visitando lo que hay que visitar y mirando los mismos escaparates que pueden ver en su propia ciudad. Por lo tanto, las visitas a las ciudades se han convertido, para mí, en un acto íntimo, en una añoranza imaginativa de lo que fueron, repito, hace relativamente poco. 

Supongo que esto que me ocurre con las ciudades, me ocurre también con las personas. Ya apenas hay espacio para los matices o para las conversaciones sin rumbo largas y placenteras. Se acaban enseguida y se termina hablando de lo que todos sabemos, de sexo, de la actualidad, que me interesa un comino por lo infantil que es, o de ostentaciones y objetos que pueden ser adquiridos. Y si hay niños de por medio, de los putos niños, de sus avances, de sus monerías, de los problemas que dan o de la educación que reciben, un puñetero aburrimiento. 

Así las cosas, hoy hay sido un día estupendo. Una larga excursión en bicicleta, una comida improvisada, un concierto abortado por precipitación al que me hubiera gustado ir, y su sustituto, un buen libro al Sol. Ahora, que acaba de empezar a llover, la noche no se presenta más prometedora, en casa, solo. 
 

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