Historias de todos los días
26 Marzo 2022
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Me prometí escribir todos los días. Y no es cuestión de falta de ganas, que a veces sí, sino de falta de contenidos o quizás de falta de imaginación. Sencillamente, no sé que escribir. Ello lleva a que, aunque tengas ganas de hacerlo, se me acaben quitando las ganas.
A propósito, están croando las ranas y los sapos. Ya sabéis que cuando el tiempo se vuelve húmedo salen de sus agujeros bajo tierra al presentir la lluvia ya que necesitan humedecer sus cuerpos. Desde mi cerro miro al campo negro. Las imagino allá abajo, a cientos, en las paredes de barro del barranco oscuro por cuyo fondo serpentea el pequeño riachuelo que cruza este duro páramo.
Las cosas están chungas. Bueno, supongo que seréis tan conscientes como yo de ello. En mi caso, la sensación que tengo es que asistiría con la misma actitud que tengo ahora a un hipotético final del mundo, sin asombro. Llevo bastante tiempo criticando este entorno falso que nos rodea a todos, esta especie de ecosistema infantil, estúpido y violento, del que, paradójicamente está erradicada la violencia. En fin.
Estoy cansado, profundamente cansado. Tengo un cansancio del que no logro desprenderme, es un cansancio que parece haber anidado en el núcleo de mi cuerpo y en mis caderas y en mis piernas siento a veces un vacío, una especie de agujero negro que no sé a que otro mundo conduce. Si viviera en él, en ese mundo, si lo externo se convirtiera en lo interno, adivino una reconfortante oscuridad silenciosa, la que llevo a todas partes y que parece reclamarme cada día un poco más.
Me cansa estar rodeado de colores, de llamativos reclamos, de ruido, de ideas adoptadas y no propias, de grandes palabras y principios, de teorías, de gritos, de criterios, de explicaciones para todo lo que ocurre, de gente sólo interesada en el dinero, objeto que ha conseguido convertirse en lo más importante de este mundo. Si no da dinero no sirve para nada. De ahí que sólo se hable de producir, facturar, de crecer, los beneficios, los márgenes operativos, los costes, los retos y los objetivos, de estrategias y planes. No fui educado así y no sé cómo he llegado aquí, pero aquí estoy y echo de menos otros aspectos de esta vida que parecen haber desaparecido, esos que no conducen a ningún lado pero que resultan tan gozosos y de los que hace un tiempo infinito que no sé nada. Supongo que no sé nada de ellos porque ya no tienen hueco en ninguna parte o porque me he olvidado de ellos y no he sabido seguirles la pista y ahora están ya muy lejos.
Lo cierto es que no me encuentro o no sé cómo encontrarme a estas alturas de mi vida. No sé cómo moverme ya o cómo me correspondería hacerlo, o cómo debería de hacerlo o si sólo debería quedarme quieto.
Comemos con mi amigo, el que no sé qué edad tiene, y aparece con su mujer, de estas señoras mayores que no sé qué cojones quieren aparentar y se ponen pelos extraños, gafas de pasta de colores y vestimentas hippies que ya no les corresponde, y me empieza a hablar de Europa, de feminismo, de bienestar, de riqueza, y lo sabe todo, y nada parece sorprenderle y es capaz de afirmar que lo que ocurre bien está y es lo mejor que nos podría pasar. Y la desprecio porque no puedo hacerla desaparecer, y encima le pago la comida.