Historias de todos los días
21 Marzo 2009
Barrio de recodos, semaforitos y montones de peatones cruzando por las esquinas, carritos, niños pequeños y los colores estridentes de la ropa festiva de los inmigrantes. Volantes en las faldas, lazos las niñas, sandalias, calcetines con borlas naranjas.
Mi madre ya ha subido al coche. Su perfume es embriagante, esos perfumes de señora mayor que envuelve y atenaza. Mi madre tiene la cualidad de no parar de hablar. Creo que su forma de respirar es hablando. Lo malo es que ni a mi hijo ni a mi nos interesa lo que dice. Mi madre carece de sentido de la evolución. A mi me sigue tratando como si fuera un adolescente, y al adolesecente de mi hijo, como si fuera un niño.
Mi colegio, los curas, los compañeros, todo ha quedado en silencio. Es otra época ya muerta. Hace años recibí una llamada de alguien de quien no recuerdo su nombre. Se identificó como compañero de bachillerato y me invitaba a una reunión de viejos alumnos. La idea me pareció magnífica. Llegó la noche del evento. Me vestí, bajé al coche y cuando metía la llave en la cerradura me di la vuelta, de pronto me entró pánico.
Sábado adomingado de colores vivos. En Madrid combinan el blanco de las piedras con el azul y el verde. Niños en carritos complicados, vida familiar. Un poco cursi todo. Domingo de dolor de cabeza, con luz blanquecina.
Las obras están paradas. Los andamios vacios. He telefoneado a ELLA. Estaba cansada, conversación cortocircuitada. me siento solo sin ELLA, muy solo.