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Las Razones del Diablo

Historias de todos los días

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Un día glorioso

Hay días en los que no parece ocurrir nada. Hay días en los que el propio día, sus caprichos, sus casualidades, te gobiernan y te llevan allá, y te traen aca. Hay días en los que tu capacidad de gobernar tu vida, o tus ganas de dirigirla se evaporan y, aún consciente de ello, te dejas vapulear. Y ni siquiera te revelas, o gritas o protestas. Simplemente sonries, sacando aún más de quicio a tu vapuleador. 

No ha ocurrido nada especial, no hay sucesos, no hay hechos que podrían, en sí mismo,  conformar una novedad, simplemente pasa un día, consumes sus horas, sin aportar nada, y sin sentir que nada aporta nada.  

Son días aislados, son días independientes, islas que no has de dejar se conviertan en continentes.

Lo único que hoy quería es volver a casa, hablar con mi chica. Lo primero lo he conseguido, no lo segundo.

No conseguir contactar con quien quieres, y aún más cuando lo necesitas, es demoledor. De nuevo has de volver a ti, de nuevo has de conformarte contigo mismo, aún cuando lo que quieres es olvidarte de tí, salir de tu él y evaporarte en una suerte de inconsciencia compartida con quien amas.

Hay días que quieres escapar, más que escapar desaparecer, dejar de tener entidad, dejar de existir, olvidar tu historia y los lazos y los vínculos que has creado con los años. 

Quizás sólo sea el famoso principio de Peter, aquel que más o menos dice que todos, tarde o temprano, llegamos al umbral, al límite de nuestra eficacia, y que cuando lo sobrepasas comienzas a ser lo contrario, ineficaz.  

Te desborda el caos, te sobrepasa la realidad. Se antoja de pronto todo insalvable, no quieres seguir y como un herido de guerra cansado, te quieres sentar al borde de la carretera por la que te retiras, dejándote llevar por el destino.  

Cuando así ocurre, te aferras al pasado, a viejos iconos de tu historia. Al tiempo vivido que sabes cierto y consumido, a los hechos reales, analizados o no. 

Por fin se acaba el día, por fin en la calle, libre, pero atado al destino. Recuerdas  la niñez, quizás por su inconsciencia. 

De nuevo los servicios de ASISA. una teleoperadora a la que tengo que pedir permiso para que me hagan una resonancia magnética. No lo puedo solicitar por teléfono, o bien me presento en una delegación de la sobresaliente sociedad médica o bien les mando un fax.

¿Un fax?, ¿Qué es eso?. Le descubro a la teleoperadora el mail. Le hablo de los tiempos modernos, del estrés, de la falta de tiempo, de Internet, del mundo global, y accede a que le envie el volante por este nuevo medio que parece acaba de descubrir. Antes también la adoctrino sobre el arte de escanear documentos, queda fascinada y encuentra un nuevo motivo para seguir viviendo.

Sobre la marcha me da hora para mi resonancia. la insisto que quizás para esa fecha mi pierna esté ya gangrenada y cortada, o quizás ya sanada. Se rie, pero es infelxible en su fecha. El 6 me meterán en el tubo. 

Antes de salir a la libertad me devuelven, por este mismo medio telemático mi aprobación.  
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