Historias de todos los días
17 Agosto 2009
Obras, largas obras, hombres sudorosos, máquinas infernales, nubes de polvo para sólo conseguir unas leves líneas ondulantes y oscuras en medio del mar de tierra. Horizontales, la horizontalidad. Nada hay que subir, sólo avanzar y sin siquiera tener que mirar los obstáculos. Es todo llano, puedes dormir al andar, puedes pensar bajo el Sol abrasador, pero el calor momifica tus ideas. Caminos peligrosos para las obsesiones, caminos terroríficos para las pesadillas, los miedos y las fobias. Así iba yo, cruzando la tierra y, curiosamente, para encontrarme con ella.
Con tierra. La arcilla extraida del campo hecha vertical. Hecha formas, erecta y decorada, mirando al cielo. Es increíble el color, las texturas y las sugerencias que pueden crearse a partir de la simple y llana tierra. Paradójico el mirar del hombre hacia el suelo, y el pensamiento que llevó al primero a amasar tierra y agua para luego cocer el resultado.
Para todos los gustos, más suntuosas, más útiles que bonitas, bonitas y útiles también, otras inútiles para lo práctico y muy útiles para el espíritu. El barro coloreado con óxidos. Tiene ese origen tan apegado a nosotros que no puedes dejar de mirarlo y sin querer, ya estás acariciándolo, rozando sus bordes, palpando sus vientres y sus cavidades como palpas a una mujer, que asi lo asocio, femenino, intrigante, hechizante.
Una fería del barro, una feria de color que desprenden miles de objetos. Imposibles de ordenar y catalogar. Imposibles hacer resúmenes y clasificaciones. Paseas por los puestos de los artesanos, y cada uno de ellos es un mundo, su mundo, o al menos su concepción de él. Curioso espejo de sus ánimos. Los hay retorcidos y mezquinos, los hay abiertos y generosos, los hay obsesionados, descuidados, malvados y benévolos, estresantes y relajantes, esquizofrénicos, extasiantes, todo ello dicho y hecho con barro.
Feria del barro. Con tiempos que no son muertos, sino espacios vivos para charlar, o simplemente mirar. Momentos para atrapar una brisa de aire a la sombra, relajarse y sonreírse. Momentos para meditar, tararear o simplemente recordar. Momentos de bromas, de guiños, un sorbo de agua, de vino, una tapa o, lo mejor de todo, de ver montones de gente pasar. Cada uno de su padre y de su madre y curiosamente, cada una de esas personas, según su mundo y su carácter, deteniéndose en los varipintos mundos de los artistas, identificándose con ellos, adscribiéndose a sus formas e interaccionado a través de ellas.
Grotescos barros, hechos sin mimo, sólo pensando en su uso, vendido por grotescas personas, adquirido por otras de igual condición. Gentes que piensan en el alimento, en hornos, cochinillos y grandes trozos de carne, tocino, corderos, paletillas, muslos, patatas, pan y vino. Hay barro para todo.
Barro delicado, barro para guardar elixires, para adornarse, para celebrar el amor. Barro para guardar restos, espirítus que no queremos que desaparezcan. Barros mimados, esos dedos acariciando las bocas, redondeando cuellos casi de manera erótica, barros que excitan imaginando al creador concentrado y afanado en conseguir una forma, o mejor aún un determinado tacto.
Dos días con el barro, te relaja, te devuelve los sentidos, e incluso el común, te devuelve relajado, evidenciada tu vida áspera, enfrentado lo simple a lo complicado.
Vuelvo, y veo ciudades, también nacidas del barro, acotadas, defendidas, definidas en medio de la tierra.
Vuelvo a mi casa, por el duro asfalto, esa obra que no aguanta las acometidas, a la que hay que cuidar, parchear y remendar de vez en cuando. Vuelvo a mi casa, también de barro, erigida sobre más barro. Tierra y barro, somos eso. Dicen que acabaremos, en polvo, y si nuestro organismo es en un tanto por ciento tan alto en agua, ¿por que no acabamos siendo eso?, un trozo de barro.