Historias de todos los días
16 Abril 2010
Ayer, en medio de una reunión y empujado por este reblandecimiento del mundo debido a la lluvia, me dio por ponerme catastrofista. Al agua incesante sume los terremotos que no cesan y el volcán islandes que ha paralizado el tráfico aéreo europeo. Las personas con las que estaba reunido no paraban de hablar de sus planes de negocio, de sus mundos pequeños y mezquinos en los que sólo hay un protagonista, el dinero. Este mundo es tan enano que resulta cómodo, ya que puedes desconectar y volver a conectar cuando quieras, a fin de cuentas el argumento es siempre el mismo. Así que mi imaginación empezó a pensar en el planeta petando, en el planeta estallando, encogiéndose, en el planeta saliendo disparado como un bola de billar impactada por otra hasta no se sabe que esquinazo cósmico.
Me pareció un final adecuado para una raza tan necia como la nuestra, pero lo que realmente me angustió es dónde y con quién me pillaría ese final. La idea, sin obsesionarme se ha vuelto recurrente y , quizás en los momentos tontos, en los minutos de aburrimiento, pienso en qué ocurriría si el fin del mundo me sorprendiera atrapado, por ejemplo, en un atasco.
O si ocurriera mientras me encamino a tomar un café antes de trabajar. El colapso mental sería la hostia. Creo que simplemente dedicaría una sonrisa a la vida reconociendo su maestra maldad. Sería la guinda del absurdo. Apenas habría tiempo para repasar nada. Además, ¿qué sentido tendría repasar una trayectoria que acaba de tal manera?
En realidad el problema no es que se acabe el mundo, que algún día lo hará, sino afrontar tu final solo, mirando tu puta taza de café babeada y sin poder despedirte de nadie, sin poder creer que iniciáis el tránsito juntos hacia una nueva dimensión, esperemos que más lógica que esta al menos en lo que a equilibrio psicológico se refiere. De ahí saltas a otra imagen de final y te ves aparcado en el arcén de la carretera, el motor parado, los cuatro intermitentes del coche puestos, sentado frente a tu volante, con la cabeza ligeramente inclinada hacia adelante. La música puesta y tu jodidamente muerto por un infarto, por un derrame cerebral o por una explosión interna de no puedo más. Alguien para, saca una foto con su móvil y se la enseña a sus amigos, luego decide colgarla en una red social y durante unos días montones de personas acceden a tu última imagen de muerte solitaria.