Historias de todos los días
26 Marzo 2014
¿No habéis sentido nunca una sensación de inquietud sin saber muy bien las razones?
No hace falta que ocurra nada, simplemente basta con encontrarse en un lugar en el cuál, a lo mejor no debes de estar. Pero, ¿acaso no es lugar adecuado para un habitante de una gran ciudad un vagón de metro?
Metro semi vacío, linea 9, la que une el norte de Madrid con el este y sus suburbios. No debería de estar aquí. Debería estar trabajando, pero estoy aquí Subo al vagón. Cuatro hombres se sientan enfrentados entre sí al final del vagón. Ocupan una bancada de esas corridas, dos y dos, frente a frente. Yo lo hago en la bancada a continuación de ellos. Nos separan las puertas automáticas. Hablan a voces. Dos son maduros. Dos más jóvenes. Estos últimos en chandal de letras llamativas. Piernas abiertas. Hablan y hablan, emiten gruñidos. Los cuatro se rascan continuamente las pelotas. Ríen. Los dos más jóvenes parecen escuchar atentos a los más maduros que hablan, como sin ganas. Voces graves, parece que quieran que les oigan. Su conversación, repleta de sonidos ininteligibles, se adueña del vagón. Vuelven a reír. Una frase logro descifrarla: le pegó un tiro al water". lo vuelven a decir: le pegó un tiro al water, amos, no me jodas, dice uno de los maduros de panza prominente, piernecitas cortas y también palpándose los huevos. Pienso que pegar un tiro es una expresión propia de sicarios, de matones. Miro de reojo, espero ver a alguno de ellos sacar el arma. Se abren las puertas. Entra un gitano de dos metros, grande, ancho, pelo negro grasiento, cetrino, nervioso, no se sienta, se agarra a la barra que cruza todo el vagón. Habla por teléfono con una mujer: Sofia, dice, no te preocupes, faltan tres días, y el día tiene 24 horas, algo haremos. Escucha ahora a su interlocutora, está inquieto, no para de moverse. de nuevo dice: algo haremos, algo haremos, tu tranquila. Ella vuelve a decirle algo. Él escucha. suda. Sí, sí Sofía, tu tranquila, vuelve a decir con su vozarrón. Resopla. Vuelve a hablar: si eso es lo que debimos decir cuando llegó la policía, me cago en dios, dice. Le observo, tiene unas manos grandiosas, el teléfono es diminuto dentro de una de ellas. Cuelga. No quiero que me mire, siento que le invade la ira y cierta desesperación. Espero a que grite y comience a destrozar el vagón de metro. Pienso, me doy cuenta que esa línea une los juzgados de la plaza de Castilla con la Cañada Real. Encuentro relación. Se abren las puertas. Entra una mujer cincuentona con cuerpo de treintañera. La cara la tiene operada. Sus ojos no son sus ojos, sus labios tampoco. Su rostro lo han estirado y resulta extraña. ¿Que hace allí? Saca una libreta roja y comienza a leer cosas y a escribir en ella. de vez en cuando mira a su alrededor. Lleva vaqueros ajustados y un bolso lleno, muy lleno, como si llevará un gran trozo de su vida dentro de él. El gitano baja en la siguiente parada, siento alivio. La cincuentona sigue sentada. Me cambio de sitio. Sube una madre de treinta y cinco y su madre, que calculo de sesenta. Con ellas un crío de cuatro o cinco años. El chaval tiene la cabeza deformada. Es una testa extraña que ha cerrado, casí, uno de sus ojos. Su cráneo es una especie de pepino, parece el cráneo de una criatura alienígena. El crío es como todos los críos, inquieto, no para, pero no habla, emite ruidos y grita, grita mucho. la madre lo observa, no deja de observarlo. El crío va de la madre a la abuela y de la abuela a la madre. Se pone de rodillas, mira por la ventanilla viendo la negrura del túnel. Vuelve a gritar. la madre lo mira, lo quiere. La madre siente tanto amor por aquel hijo. Se la ve cansada, se la ve llena de dolor y de angustia. la abuela es recia, su carácter, que ella es flaca, está consumida. Mira a su hija, a la que parece compadecer. Se miran ellas, se apoyan, parecen resignarse. El crío no para, la madre parece serena y no le quita ojo, parece haber aceptado aquello aunque no se explica la razón. Se abren las puertas, sube mas gente, sola, desperdigada, sin saber dónde van. Se sientan, el crío no para, se sienta al lado de las nuevas personas, las mira, ellas descubren a aquel niño defectuoso, no saben como mirarlo. Miran a la madre, a la abuela, se intercambian miradas, parecen compadecerlas, sonríen tímidamente a aquel niño. La línea une también los grandes centros hospitalarios con la periferia y sus suburbios. Miseria, rencor, desesperanza, tristeza que va y viene, resignación que entra y sale. Un fatalismo se apodera de mí. Llega mi parada, estoy deseoso de salir de allí, me ahogo. Doy la espalda a aquella vida, que como la mía, también existe, aunque la niego, aunque no quiero volver a saber de ella, tengo miedo.