Historias de todos los días
18 Marzo 2014
Ahora vivo en una buhardilla de unos amigos en la zona vieja de la ciudad. Es pequeña, con unos techos inclinados y repletos de vigas preciosas contra las que me doy mis buenos coscorrones por lo que en algunos puntos mi cráneo está dolorido. Por fin me he divorciado, estoy sólo y sí, echo de menos a mi mujer. El matrimonio proporciona rutinas y las rutinas implican cierto orden y el orden, al menos yo lo veo así, es un poco necesario para llevar una vida satisfactoria. Sin embargo, y como ya dije también, lo que no vives a su debido tiempo, tarde o temprano lo vives. Después de todo son etapas que has de quemar. Créeme, quémalas a su debido tiempo, de lo contrario, quémalas cuando ocurran y ni te plantees rechazarlas, emergerán más tarde y cuanto más tiempo pase, peor.
Una vez que me quedé solo creía yo que sería libre para dedicar mis energías a la creación. Siempre he tenido la jodida manía de estar convencido de ser una persona excepcional destinada a hacer grandes cosas en este mediocre mundo, augurio o auto augurio que he tardado mucho tiempo en desestimar. Una mañana, y lo recuerdo vivamente, miré al cielo azul y raso y tuve la revelación. Una voz llena de eco que sólo yo oí me lo dijo muy claro: No eres nada, no eres nadie, un individuo más, un número, sólo un cuerpo más que, como todos, envejece y se acepta, aunque no exista una buena razón para ello.
Bueno el caso es que creía yo que al fin iba a poder dedicar mis energías a la creación artística, pero una vez tuve mis cosas ordenadas en la buhardilla, una vez decoré aquel espacio bajo los criterios que siempre había considerado como bellos, me encontré conmigo mismo, y mi yo tenía auténtica necesidad de vivir estrambóticas aventuras sexuales. Las razones las ignoro. Si hiciera una regresión supongo que las encontraría, pero qué importaban los orígenes de aquel presente si lo único que quería era vivirlo. Supongo, y es una hipótesis liviana, que me cansé de ser un buen chico. El jovencito educado, atento, de intachable conducta y con una ética aparentemente decente, se sentía un perverso y un vicioso y era excitante tener la sensación de que nadie lo supiera ni lo supusiera. En realidad, fue como una posesión y no tenía ningún exorcista cerca, así que me dejé llevar por las tentaciones.