Historias de todos los días
29 Diciembre 2010
Una de las frases que más repito últimamente es: "El Mundo de se acaba". No se trata de una coletilla al uso, es que realmente creo que el mundo se acaba. Pero además, creo que ya hemos entrado en la recta final del fin. Miro el telediario de las ocho de la mañana y me recuerdan a los primeros veinte o treinta minutos de las películas sobre grandes catástrofes. En los arranques de esas películas, lo que en entorno de los guiones se conoce como el planteamiento, los personajes viven con total normalidad. Al igual que yo, mientras toman el café del desayuno, de pie, en mangas de camisa, con la chaqueta colgada a la espalda, en cocinas espaciosas y limpias, aparecen en los noticieros ficticios de sus sempiternas televisiones encendidas sobre la encimera , alguna noticia que nosotros, los espectadores, sabemos que son las señales del apocalipsis final. Para los protagonistas, esa información televisiva es sólo ruido de fondo de sus mañanas. Para nosotros, los espectadores , no, y el director de la cinta acerca la cámara hacia ese televisor portátil y convierte su pantalla en nuestra pantalla. Entonces, nos sentamos cómodamente en la butaca del cine y nos preparamos para asistir estáticos al fin de la ciudad del protagonista, o quizás al fin de la civilización, o a una invasión extraterrestre hostil, cuya conclusión siempre es destrucción.
No tomo el café de pie, tampoco estoy vestido para salir, ya que lo primero que hago cuando me levanto no es ducharme. Me gusta tomarme mi tiempo, preparar el café, sentir que el día empieza lento, poco a poco, arrastrarme, desperezarme y sentarme a echar un vistazo a cómo empieza el mundo su día a través del telediario. Voy tomando sorbos del líquido humeante y me trago la actualidad: inundaciones, regiones donde es verano y nieva, revueltas, matanzas, desbordamientos de ríos, mujeres desaparecidas, niñas secuestradas y ofrecidas como mercancía sexual, erupciones de volcanes dormidos, terremotos, nevadas que paralizan continentes, luchas santas, venganzas, guerras remotas que se resuelven a machetazos, países pobres abandonados a la desesperación, epidemias que diezman poblaciones que viene en las calles y beben de los charcos, matanzas a tiros, linchamientos, largas colas de parados, jóvenes, maduros y de edad avanzada, familias enteras con todos sus miembros en paro, recortes de pensiones, tramas de corrupción, los mercados atacando los países, los derrumbes dela bolsa, alijos de droga, expulsión de inmigrantes, pateras, y el deporte. Me lo trago todo como una píldora de actualidad, con total normalidad, pero sintiéndome ajeno a todo eso que ocurre en mi planeta, y entiendo mi lentitud de las mañanas, el tiempo que me tomo para salir de casa. En realidad, no es pereza, es miedo.
En medio de todo este panorama aparece mi hijo. Con sus diecisiete años actuales, con una media sonrisa de autosuficiencia, sus vaqueros caídos, sus camisetas y sudaderas, su plumas, su MP4, su pulsera de plástico en la muñeca. Mi hijo, que ya ocupa espacio, sin sensibilidad, que devora, no come. Mi hijo, una máquina de consumir planeta. Mi hijo, en esa edad de estar cansado, de no tener ganas de hacer nada, ni siquiera de pensar qué hacer. Mi hijo, con el que tengo profundos problemas de comunicación, o con el que quizás no me he comunicado nunca, y ahora me doy cuenta de ello. Mi hijo en el que no me reconozco o no tengo memoria para reconocerme en él. Mi hijo, de pronto un ser extraño, un ser que se me antoja ha tomado propia autonomía, y sobre el que no conozco opinión alguna sobre los temas que a mi me dan miedo. Mi hijo, en esa edad de saberlo todo, o de saberlo mejor que tú, en esa edad en la que te conviertes en el "viejo". De la noche a la mañana pasas a formar parte de la generación decadente, y miras absorto la próxima, joven y pujante, e imaginas que van a renunciar a gestionar este mundo imperfecto, que no apretarán botones, que no accionarán palancas, que no agitaran brazos para dirigir nada, que usarán su manos en manipular sus pantallas táctiles y en hacer girar la rosca de su iphone. Mi hijo, manipulado por las campañas de marketing, esclavo de las marcas, adicto a los símbolos. Mi hijo, que desprecia el mundo, pero conectado a todo él a través de multitud de dispositivos y redes sociales. Mi hijo, que no se que hará con la Tierra, si decidirá tragársela a bocados, como hacen ahora los tipos que están en esa edad de "comerse el mundo", y lo hacen subidos sobre hojas Excel, sobre tablas de ventas, sobre presupuestos y forecast, o sobre los hombros de gente menos ambiciosa y más trabajadora. Mi hijo, que sólo admira a deportistas, quizás porque sea en los únicos que ve un esfuerzo real, en un momento determinado. Mi hijo, mi hijo, mi hijo. En realidad, no se si me hago yo más preguntas que él. Cuando yo era el hijo, mi padre y el mundo de mi padre me daban igual. Ignoro si él se haría las mismas preguntas que me hago yo ahora, pero la diferencia fundamental entre un tiempo y otro, es que yo tenía ganas de huir de casa. Quizás el motivo fuera en que no existían mundos virtuales, mundos paralelos en los que vivir ajenos al mundo real. En mi juventud, el único mundo que existía era el de mi casa, el barrio de mi casa, la decoración de mi casa, las normas de mi casa, y los escasos amigos que habías de ganarte a pulso, que no tenían Nick, sino un nombre, con su propia historia real, con su forma de vestir, con hermanos y unos padres que imponían sus propias leyes, pero todos ellos de carne y hueso. Los mundos que querías habías de crearlos en tu cabeza, allí cogían fuerza, engordaban y te impulsaban a conseguirlo, metiendo la pata y sin posibilidad de reiniciar nada, acaso, sólo volver a intentarlo.
Los últimos días de este año. Pasaré la Nochevieja con mi hijo, los dos solos, no quieres formar el tercer vértices del posible triangulo. El sabe como soy, el sabe lo que me cuesta ilusionarme con el simbolismo de una fecha, así que ayer tarde compramos para preparar un cena que no tendrá nada de especial. Quizás debiera leerme algún libro de recetas y preparar algo especial, pero ¿qué pila, que bujía me falla dentro para no sentir el impulso de hacerlo? Sinceramente, tampoco me preocupa no sentir esa necesidad, tampoco siento remordimientos después, ni siquiera sensación de haber desperdiciado una Navidad, si es que de estas fechas se puede aprovechar algo, con excepción de su estética y una decoración que pega con el frío.
Hoy he ido al ayuntamiento. Iba a solicitar mi recibo del IBI que tendría que haber pagado ya. Entro al despacho de recaudación. Una funcionaria local malhumorada, mal encarada, una absurda virreina goda cuarentona de tetas caídas ni siquiera me ha saludado. Quizás fuera porque le he tuteado y se sienta autoridad. Sea como sea, la tipa teclea mi nombre en su ordenador, y me comenta que debo también el IBI de 2006, y ocupaciones de la vía pública, y tasas de basura, en total una deuda de mil y pico euros. Me sonrío, me vuelvo a casa con mis deudas y llega el gato. También trae información. Le han colocado una especie de etiquetita en el cuello que dice: Este gato tiene dueño, por favor no le dé comida. Su nombre es Jacinto. No le daremos más de comer, pero le seguimos llamando "gato", ahora duerme placido sobre mi hijo, también dormido.