Historias de todos los días
28 Diciembre 2010
No vago por la ciudad, que más quisiera. Eso sí, en cuanto salgo del despacho para hacer cualquier recado, no voy deprisa, simulo que paseo, simulo ir sin destino. En realidad me muevo siempre por los mismos sitios y mis recorridos se reducen a diez o doce calles. A veces hago el paralelismo con mi vida, que también parece estar estancada entre diez o doce calles y nunca sale de ahí. La ciudad está llena de vida y a mí, sin embargo, se me antoja estática, una infinita repetición de hechos, las mismas sombras, los mismos espacios iluminados tan sólo desde distintas perspectivas. Los mismos vecinos, los mismos habitantes y personajes, cada uno con su cuelgue, cada uno con sus manías, sus tics al andar o al mirar, que no varían. La misma forma de saludar, unos lo hacen con la cabeza, otros sonríen forzadamente, otros parecen mirar de reojo, pero todos con su misma manera especial y personal día tras día.
Ando por las calles que veo siempre iguales, o quizás sea que las veo yo siempre iguales, o quizás sea que vaya siempre pendiente de grandes cambios, de sucesos extraordinarios, o quizás sea que quien no cambia desde hace años soy yo. Sigo siendo el mismo, y aunque algún día me aventure por una gran avenida, no se porque, acabo siempre en las mismas diez o doce calles, haciendo prácticamente lo mismo que vengo haciendo desde no recuerdo ya cuanto tiempo. Supongo que esta aparente rutina es la dueña de un gran número de personas, y puede que consigan ignorarla, o doblegarse a ella, pero a mi me saca de quicio, y no encuentro la forma de deshacerme de ella o, al menos, una forma coherente para conseguirlo. Supongo que falta un objetivo, si se quiere ser menos preciso, puede que falte un sentido. También puede ser que no sea lo suficiente inteligente para doblar una esquina y esfumarme, quizás no sean calles y sean un laberinto, quizás sea pereza, desgana, desinterés llevado a grado superlativo, una sensación de fatalismo, quizás no me salgan ya las cuentas del tiempo. Sea lo que sea, siempre ocurre lo mismo en mis diez o doce calles.
Pasó la Nochebuena, y de ella me ha quedado indiferencia, la misma sensación de todas las que puedo recordar, o quizás pudiera decir que no recuerdo ninguna de la que no me haya quedado lo mismo. Hace dos días podía haber sido trece de abril o catorce de octubre, para mi la Nochebuena se reduce a una cena para la que he de contener el aliento y tomar aire para aproximadamente tres horas, con personajes que, año tras año, conozco menos y me resultan cada vez más extraños. No los comprendo, no se de dónde vienen, excepto su procedencia formal, y tampoco a dónde van, o a dónde han llegado. Mi familia, la historia de un destino cargado de grandes dosis de fatalidad, de miedo a hipotéticos riesgos. Mi familia, ajena a todo aquello que no sea lo que debe de ser, independientemente de que efecto tenga sobre los individuos. Mi familia, huérfana de sentimientos, al menos sinceros. La cena de Nochebuena, un repaso de todas las desgracias de los personajes que conforman mi organigrama de parientes, de muchos de los cuales no recuerdo ya casi nada. Mi prima con cinco tumores cerebrales, cuatro infartos, una hija en paro y una pareja que también lo está. Mi tío, que no se sabe muy bien que le ha pasado en la cabeza y le han tenido que implantar piel de las piernas en el cuero cabelludo del cráneo para tapar no se que heridas infecciosas, y que le ha provocado una especie de demencia senil; su mujer que pierde la cabeza y tiene lapsus de memoria, por lo que su hijo mayor, ya casado, ha tenido que irse a vivir con ellos para cuidarlos, "claro, se van a quedar con el chalet" --apuntilla mi madre refiriéndose a estos últimos--, pero menuda papeleta les queda por delante", sentencia. Otra tía, que después de estar desahuciada durante dos semanas en un hospital, volvió a su casa y ha logrado robar a la muerte casi un año. La interpretación de mi madre es "pobrecita, está más muerta que viva, no para de dolores, no puede casi moverse". De ahí repaso a los muertos del año, vecinos, amigas de mi madre, que por como se refiere a ellas, parecen haber montado un club cuyo único juego es observarse, padecerse unas a otras y esperar a ver quien muere. La que más cerca parece estar este año es una tal Pilar, que padece un mal que ha convertido sus huesos en cristal, por lo que no paran de romperse. "Pobrecita", dice mi madre. Los parientes de mi madre, y por lo tanto mis parientes también, sus vecinos, conocidos, amigos y amigas, padecen extrañas enfermedades que nunca antes había oído. Ello provoca en mí cierta hilaridad, una especie de expectación anual antes las nuevas enfermedades extrañas de esa Nochebuena, que acaban generando en mi cerebro una secuencia cómica con cierta dosis de humor ácido y que provoca unas risas contenidas entre los comensales, y en los que aprecio unas terribles ganas de reírse. Lloran, secan sus lágrimas, que no se si están provocadas por la ocurrencia o por la tristeza de tan retorcidos finales físicos. De mis tías, de mis primos, de algunos vecinos, algunos amigos de mi madre, me acuerdo, pero los veo sanos, sonrosados, los asocio a una anécdota, a un hecho que ha quedado marcado en mi cabeza, un fotograma con los que los defino, que viene a mi memoria cada vez que, por una causa u otra, pienso en ellos, y lo hago una vez al año, gracias a mi madre.
La mesa, además de mi madre, está conformada por mi hermana, melliza conmigo y por lo que cada año me parece más extraña, su hija, una copia de veinte años de mi madre y de mi melliza, y su marido, mi supuesto cuñado, un tipo que nunca he entendido y hacia el que confieso, tampoco he puesto ningún interés en entender desde el momento que descubrí que su esencia era la simpleza, que nada tiene que ver con la sencillez. Aún así, hago mi papel, es lo único que me sale hacer, y le pregunto por su familia, que entre nosotros, no es que no me importe un rábano, sino un manojo de ellos. Todos bien, excepto su madre, mujer ya muy mayor y, consecuentemente enferma y afectada por numerosos males, y por quien mi anodino cuñado siente una adoración especial que, sin darme envidia, sí respeto. Y lo hago, no porque me gustara sentir lo mismo hacia la mía, sino porque me gustaría destripar y analizar el origen de ese fraternal amor entre madre e hijos del cual yo no tengo ni puta idea o que no he sabido aprehender o que no me ha sido mostrado o puesto en práctica en mis narices. Sea como sea, y como me siento en casa como de visita (y creo que todos somos conscientes de la farsa), hago memoria y pregunto por los distintos personajes de la familia de mi cuñado, a los que recuerdo por haber tenido con ellos más de dos palabras en algún acto familiar, (que se reducen a la comunión de mi sobrina, y una comida que celebró mi hermana por su dieciocho cumpleaños, ridícula puesta en escena nacida, supongo, de los recuerdos de películas de princesas). Sea como sea, me viene a la cabeza un sobrino de mi insulso cuñado, y pregunto por él. Bien, me dice, sin apenas ningún comentario añadido, o con valor añadido, término tan usado hoy en día, y ahí queda el asunto, esperando saber algo más de cómo le va a ese chico que no recuerdo bien porque me ha venido a la mente.
No me voy, huyo de la Nochebuena en medio de la gélida noche. Mi madre me invita a quedarme a dormir, pues vivo lejos de ella, y al día siguiente me queda la comida de Navidad, pero la idea no es que me resulte inapetente, es que me da escalofríos. Me subo al coche, y ajeno al ambiente navideño de los ocupantes de los coches que circulan alrededor, me meto en la negrura de la estrecha carretera que con sinuosas curvas me lleva a casa. Celebro sentirme en mi hogar, con mis cosas, en mis espacios, libre al fin. Leo un rato y me quedo dormido. Me despierto tarde, y al día siguiente me ducho y de vuelta a la comida de Navidad con mi madre, y esta vez a solas con ella, pues mi hermana come con su familia política. En esta ocasión mi madre ya se conforma con ropa de estar en casa, la mesa del comedor ya ha sido limpiada y el espacio impolutamente ordenado, y comemos, las sobras de la noche anterior debidamente actualizadas, en una mesa camilla de la sala de estar que, como la propia denominación dice, es dónde se ha de estar. Esta comida está marcada por el reloj, simplemente calculo el tiempo que he de permanecer allí sentado para cumplir formalmente con el precepto que marca el protocolo. Al igual que en la cena, suelen ser tres horas en un cara a cara con mi madre, en el que la infinita distancia que nos separa se hace más que patente. Yo no se si ella será consciente de ella, yo sí.
A los postres mi madre me dice: pero hijo, ¿cómo preguntas ayer por el sobrino de tu cuñado? En un primer momento no se muy bien a quién se refiere. Pongo cara de extrañeza, pienso, y recuerdo. Se refiere a ese chico por el que pregunté la noche anterior y sobre el que sólo recibí como respuesta un ramplón "bien". Mi madre continúa: ¿No te acuerdas que ese chico, en la comida de cuándo la niña (se refiere a mi sobrina), cumplió dieciocho años, se presentó con su pareja, vamos su marido, un tío muy grande, muy simpático? Trato de encajar el comentario, me niego a un imposible diálogo sobre la libertad sexual del personal, y sobre lo poco que me importa con quien se acueste quién o de quién se enamore quién. Mi madre, creo que se da cuenta del hecho, y sabe que no va encontrar respaldo en mí, y se adentra en lo simpático que era aquel tipo grande, el marido del sobrino de mi cuñado. Ahí queda el asunto, pero más allá de ello, recuerdo el ramplón "bien" de mi cuñado, y aquella comida de la "niña" en la que aquel chico presentó a su chico, y en lo amable que fueron todos, y en la naturalidad de ellos con él, como si se tratara de una ella, y en mi hermana y su marido, yendo a la boda de ellos dos, en la playa, en una especie de puesta en escena arábiga, y no entiendo cómo pudieron compartir algo de lo que discrepaban. En fin, mi familia.