Historias de todos los días
15 Agosto 2010
Tengo música acumulada con los años. Está dispersa entre CD´s originales y no, archivos sonoros en el ordenador, descargas legales y no. Música de mi adolescencia, música clásica, rock, pop, música religiosa, barroca, música experimental, melódica, house, electrónica, new age, algo de punki. Tengo tal melaza de música, toda tan revuelta, perteneciente a tan distintas etapas de mi vida, música que no sabía ni que tenía, música que han traído a mi vida distintas personas que alguna vez han estado conmigo, música que no se, o no recuerdo como ha llegado a mi. Tengo grupos que no conozco, discos que desearía recordar el momento y la forma en que me hice con ellos, o quien me los entregó. Música que me recuerda inviernos, música de luces de ambiente en un ambiente cálido. Música a la que asocio una extraña felicidad, una extraña paz.
Todo en mi vida es así. La misma pelota de goma que conforma mi música puede aplicarse a la ropa, a mis cuadernos, a mis bolígrafos y plumas. Quizás menos a mis libros. También tengo una pelota de goma hecha de utensilios de cocina, aparatos electrónicos, mis casas, bombillas y, sobre todo, mis recuerdos son una pelota de goma de múltiples colores. Mis relaciones personales, mis relaciones familiares también son una gorda pelota que lanzas al suelo y nunca sabes en que dirección va a botar.
Lo más dramático de todo ello es que el tiempo se acaba, y me he dado cuenta de este hecho desde el centro de esa pelota, ahogado y escondido en el núcleo de la bola, viendo como llegan a mi pequeños resquicios de luz, de coherencia, de sentido común. Años desperdiciados, años aburrido, perdiendo el tiempo entre opciones baratas, a sabiendas de que era malgastar el tiempo. Años accediendo, años otorgando ninguna importancia a hechos que sí me afectaban. Años haciendo la vista gorda, razonando que el tiempo todo lo pone en su sitio, que el tiempo todo lo demuestra. Pero el tiempo se acaba, el tiempo es limitado y absurdamente corto.
Quizás sea el tiempo de cambiar. Quizás sea el tiempo de organizar todo este despelote de la pelota. Quizás sea el tiempo de marcar unos objetivos y tratar de vivir coherentemente la segunda parte de la vida, que da igual cuanto dure. Quizás sea el momento de sentir que la vida tiene un sentido y que la acumulación de tiempo también lo es de felicidad, de gozo. Quizás sea tiempo de sentir pena por morir, por abandonar para siempre una lógica que te satisfacía y no sólo por miedo a lo desconocido que no es nada, sino estados orgánicos, oníricos, una liberación del espíritu que, seguramente, tenga una explicación científica.
Quizás sea el momento de sentir que todo es parte de una línea recta apoyada en otras tantas que forman una estructura que va creciendo. Quizás sea el momento de cumplir los sueños, de aniquilar el caos, de desprenderse de los harapos, de todas esas historias que no aportan nada, sino sólo confusión. Quizás sea el momento de quedarse con lo puro, con lo básico, como tu románico, algo sólido, simple, perfecto, austero, de fiar.
Quizás, mi amor, sea el tiempo de sentir ese remanso de tranquilidad. Quizás, mi vida, sea el momento de no sentir la felicidad como algo esporádico y efímero, sino como algo sólido, tan pesado, tan definitivo, tan firme como esa tierra que tanto nos gusta a ti y a mi.