Historias de todos los días
4 Agosto 2010
Se me antoja lejano lo hace poco ocurrido. Son tantos los hechos, los acontecimientos, que apenas consigo darles perspectiva en el tiempo. Hace tan sólo unos días que pasamos con la cabeza mirando al cielo al que señala esta magnífica catedral. Siempre que la veo imagino a los peregrinos o a los simples artesanos y labriegos del medievo, acojonados ante tanta grandeza. Que buenos recuerdos tiene Burgos para nosotros, es una especie de refugio que supongo siempre tendremos, un espacio donde poder acurrucarte y recordar, una especie de máquina del tiempo sentimental y plena de emociones. Pipo mayor, en un escalón menos, el ir y venir oteando tu hogar durante unos días, mientras tomamos un café. La camiseta, la faldita, los pantalones que siempre decidimos traernos con nosotros desde esta ciudad. Oteiza y la necesidad de tocar su obra, de palparla, de sentirla.
Los vinitos en sus callejas, el Morito, ensaladas, más vinitos, aunque a ti te dio por la cervezas. Nuestras miradas, esa especie de paréntesis donde nada ocurrió antes, donde nada ocurrirá después. Nuestro tiempo pleno, controlado, con un principio y un fin, limitado pero nuestro, una vida comprimida.
Luego desaparecemos. La lejanía parece diluirlo todo poco a poco, se difuminan los últimos colores del resplandor que vivimos.
Y todo, poco a poco, va volviéndose oscuro hasta acabar siendo el loco negro agujereado de estrellas donde, inmóvil, descansa nuestro carro.