Historias de todos los días
30 Agosto 2011
Hoy me he subido en la bici y me he ido a recorrer mundo. Me he pasado la tarde pedaleando y pensaba que iniciaba un largo viaje sobre el qué a nadie informaba. Llevo poco equipaje, un par de mudas, dos camisetas y un par de pantalones cortos, también algo de abrigo. Mi intención es dar la vuelta al mundo, aunque no sabría decir si me gustaría volver. Por lo tanto, ya no sería vuelta al mundo, sino un paseo por él. Miro el cuantakilómetros y ya llevo 20, 20 kilómetros que ya me he alejado de casa y nadie sabe dónde estoy.
Tras una curva, a lo lejos diviso un pueblo. La idea de que he inicado un viaje crece. gentes nuevas, quizás me quede por aqui dos o tres días, en algún lugar del mundo debe de haber un lugar para mi. Un vida consistente en gastar fuerzas, reponerlas y volverlas a gastar. Una vida sin asentamiento, únicamente avanzar y observar desde fuera.
Una vida pasando inadvertido entre la naturaleza. Nadie se fijaría en mí, y los lugareños con los que me cruzará, fueran del lejano lugar que fueran, siempre pensarían en eso, en un ciclista del entorno dando una vuelta, jamás pensarían que mi origen pudiera estar a miles de kilómetros de distancia. Por lo tanto no levantaría ningún interés ni tampoco pensarían que pudieran aprovecharse en algo de mí ni sacarme ningún partido.
El viento da en mi cara, oigo algunas cigarras, huele a campo, huele a campo amarillo del avanzado estío. Huele a fin de verano, huele ya algo a frío, a noches más cercanas a horizontes oscuros, huele a sies o a noes, nada de incertidumbres, ni quizás, ni alomejores, ni ampoco a quién sabe. Huele a puro y simple, a sencillo. No hay recelos ni suspicacias, ni tampoco presunciones, ni futuro ni pasado, sólo avanzas si pedaleas, sólo llegas con tu esfuerzo y si te cansas paras, echas un trago de agua y sigues. Lo torcido convive con lo recto, lo verde con lo amarillo, el esplendor con lo raquítico.
Otro pueblo al final de un camino. Otras gentes con sus rutinas y tu pasas entre ello, sin llamar la atención y en silencio, y vuelves a salir a campo abierto pensando en nada, sólo observando fragmentos de sus vidas, sin recuerdos, sin ningún acto repetitivo, sin conseguir llamar al aburriemiento o al tedio, todo nuevo, todo constantemente nuevo excepto tu, estático en tu montura, tu siempre eres el mismo.
Sólo tomar pequeñas decisiones, elegir entre un camino u otro, pero sin preocuparte sus consecuencias. Te da igual el futuro, pues ya hemos dicho que no existe, si existiera no haríamos el viaje, nos daría miedo, carecería de sentido. Saber dónde se va no forma parte de este periplo, sólo a donde llegas.
Paras y descansas. Huele a paja reseca, y aún así huele freca y espontánea, huele a campo, cae la tarde, se largan las sombras, y me doy cuenta de que no he estado solo en mi camino. Conmigo han ido los muertos.
Me ha acompañado Carmelo, descansa en una fatídica curva, imposible no ver su recuerdo, una blanca cruz de marmol siempre limpia y también sus flores.
Más adelante encuentro otra, ésta de madera, más discreta, más mimetizada con el paisaje, una muerte más aceptada, también cuidada, limpia de maleza.
Una anonima. Más sofisticada y elaborada. Me transmite más pesadumbre, un dolor que aún olvidado no se está dispuesto a olvidar. Flores frescas, claveles blancos, el viento mece suavemente los pétalos. Supongo que es el tipo de cruz que mandaría hacer mi madre si muriera en la carretera. Sólo lo pienso porque me regaló un cricifijo muy similar a ese y que acabé guardando, pues lo cierto es que no sentía nada, acaso su incomodidad al dormir.
Pero la que más llama mi atención es ésta lápida al borde de la carretera, al borde de un campo donde plantan patatas y también girasoles. Es de Alejandro Olivas Rayado. La lápida es de 1936, murió a los 45 años, el 25 de agosto. Por lo tanto hace poco se cumplieron 75 años de su fallecimiento, que no fue tal, sino fusilado junto a diez personas más por eso de la guerra. De ello me entero investigando un poco, pues me llama la atención. La lápida ruega una oración por su alma y casi estoy a punto de ponerme a rezar por el muerto que ni siquiera sé dónde estará, o si estará en algún lugar o en ninguno, o si habrá dejado de existir o si alguien siquiera le recuerda, y sólo quienes reparamos en la piedra le rememoramos y por lo tanto el recuerdo va pasando de unos a otros y al menos siempre tiene uno.En fín, mi paseo por el mundo por el camino de los muertos.