Historias de todos los días
2 Mayo 2010
Todos tenemos un cierto momento del día. Un momento preferido, el mejor de la larga o la corta jornada. El mío es el atardecer, esos instantes en que se mezcla el día y la noche, ese preciso puñado de minutos en que es posible asistir a la lenta agonía del día.
Es un momento o un rato de reflexión. Al menos para mi es un espacio perfecto para hacer un ejercicio de sinceridad, de desnudez sobre mi mismo, sobre lo que creo que he hecho, o mejor aún, sobre lo que intento mostrar a los demás que hago, y lo que hago en realidad. Y las razones de porque lo haces, llenas de mezquindades, de miserias de miedos.
Poco tiempo después ya no hay lugar para pensar. te quedas perdido y oculto en la oscuridad de la noche. Sólo cabe esconderse, retirarse a descansar, a perder la conciencia para prepararte para una jornada más. Un día más en que existirá un déficit entre lo que haces de cara a los demás y lo que verdaderamente te impulsa a hacer las cosas. Un día más para ocultar la verdad por miedo. Y así todos los días, uno detrás de otro. Por eso me gustan los atardeceres contigo, resultan ser sólo un momento de contemplación. Un beso.