Historias de todos los días
5 Diciembre 2010
Retomo dónde lo había dejado una vez recuperado de un viernes agotador y de un sábado descansado. Tengo un trabajo de esos que no tienen fin, una especie de bucle infinito. Un trabajo que te hace sentir mala conciencia si no estás constantemente prestándole atención, así que cada vez que me decido a pasar de él, he de vencer todo un sortilegio de fuerzas inerciales que sólo él es capaz de crear y que tiran de mí. Una vez que consigo despegarme de ellas, las agarro, hago con ellas una pelota de visceras y la arrojo por mi ventana. Aún así, miro como impactan y se desparraman, y cada cierto tiempo miro por la ventana para ver si las ha desecho la climatología, si se han secado y se las ha llevado el viento.
Pensaba ponerme a escribir sesudamente sobre un par de temas que me llaman la atención, pero la verdad, no se que me pasa, que se me van las horas, y lo único que me apetece es observar a este gato adoptado, al que llamo "gato", dormitar por la casa, maullar, y siempre con ganas de jugar. No se quién es, no se a quién pertenece, aunque lleva un collar en su cuello, pero viene todos los días y golpea con su pata en el cristal de la puerta de la terraza.
Dejemos por lo tanto que se vaya este fin de semana invernal. Veamos en la televisión a los pobres puenteros acorralados en Barajas. Hoy vi a un chaval de unos treinta. Se iba con su novia a no se qué paraíso tropical a pasar el puente, y casi desesperaba pues aún se encontraba en Barajas. A su lado, la susodicha, bajita, morena, monísima, con cara de agotada. Les daban vuelo para la tarde del domingo, y el tipo, ansioso, decía que se iba. Llegaría a su playa, se daría un baño y volvería enlatado a Madrid, a su oficina, con su chica tras de sí. Sin duda, una buena oportundad, para ella, para romper con semejante mamarracho. Un beso