Historias de todos los días
9 Enero 2010
Hace media hora que te he dejado, hace tres días que no se nada de ti y se me antoja el tiempo largo y lánguido, una especie de eternidad de soledad y silencio. Saco esta foto desde el tren, arrepentido de nuestra despedida. Arrepentido de haberte dejado marchar, arrepentido de no haberte abrazado más fuerte, arrepentido de no haber llorado por ti, tal como iba a haber ocurrido de verte allá, tras la valla.
Vuelta en tren, vuelta a las luces que hieren. Si me preguntas que he hecho desde entonces, sólo hay una respuesta: echarte de menos. Escribo una carta, no obtengo respuesta. Te mando un mensaje, obtengo una que al menos me tranquiliza. 24 horas después tu misiva, tierna, melancólica y dura y distante a la vez.
Llego a mis negras fiestas. No volverán a ser así nunca más. Echo de menos el murmullo de la gente, echo de menos como la vemos parapetados tras tus cosas. Echo de menos tu voz, tus reacciones, tus puntos de vista, tus besos, tus caricias, echo de menos básicamente todo lo tuyo. Echo de menos lo que es mío y que ya no me puedes quitar. Sería robar un trozo de vida, un trozo de recuerdo, un trozo de conocimiento, de cosas vividas, un trozo de experiencias, de soluciones, de problemas.