Historias de todos los días
10 Julio 2010
A veces, lo mejor para combatir los miedos es pasar de ellos y comprobar que nada es tan terrible y terrorífico como lo definen las políticas preventivas que campan a sus anchas por el planeta. Entonces te das cuenta de que, realmente, todo está en su sitio. Las estaciones se suceden unas tras otras y en el forraje realmente no ves que nada extraño esté ocurriendo.
Ayer, a pesar de las recomendaciones de las autoridades competentes con respecto a no hacer actividad deportiva por las elevadas temperaturas, me lancé al campo con la bici. Tenía esas ganas irreprimibles de pedalear, de sudar, de notar el viento en mi cara aunque fuera caliente. Tenía las ganas de un chiquillo, así que acabe quitándome también la camiseta y dejando a mi cuerpo embriagarse por el olor del los campos del verano. Al final concluyes que el mundo es ancho, que el mundo es inmenso y que un proceso imparable y cíclico siempre está en marcha empujado por un motor inagotable.
Supongo que si fuera más joven me embargarían las ganas de irme lejos, cruzando los campos, con la ilusión de observar que hay tras la siguiente loma, con la ilusión de seguir avanzando hasta que un lugar, por algo de difícil definición, me dijera "quédate aquí". Me lamento pues de no haberlo hecho, y me pregunto sobre las razones que no me dejaron hacerlo.
También cabe la posibilidad de que lo haya hecho y de que se me hayan olvidado las razones de porque elegí el lugar dónde estoy. Es tan lioso esto del destino, son tan incontestables las cuestiones en torno a dónde nos dirigimos y de dónde venimos, mucho más dónde acabaremos.
A veces encontramos pequeñas señales que nos indican que estamos en el camino correcto, pero como tenemos ese espíritu indomable, a mi al menos me dan rabia las señales y prefiero los terrenos vírgenes y repletos de incógnitas.
No entiendo a la gente capaz de no querer ir más allá. Es casi antinatural preferir observar tu alrededor y perder el tiempo en él. Odio la especialización, prefiero la experimentación, prefiero los pequeños altos en el camino, buscar remansos en los cuales vivir un tiempo, crear espacios de quietud, sentirme extraño en tierras lejanas, forastero, visitante, con ese halo del viajero, con esa ansia del que busca, aún cuando el viaje no tenga fin, aun cuando lleguemos a la conclusión de que lo que buscas no existe, aunque casi nunca da tiempo a llegar a esa conclusión pues el tiempo, al menos el nuestro, es finitio. De ahí nuestra imperfección.
Algún día, en algún momento habrá que parar, pero es tan tentador el camino, es tan atractivo el horizonte, tan enigmática la lejanía, tan sabrosa la incertidumbre, tan apetitoso lo desconocido, que no puedo entender a la gente que consigue darle la espalda y conformarse con lo próximo.
Por eso, si encuentras un compañero de camino es todo tan perfecto. Un beso.