Historias de todos los días
26 Diciembre 2018

Otro año más se acaba el año. Qué vida más efímera tienen los años ¿verdad? Solo un año.
Siempre que llegan estas fechas ni se me pasa por la cabeza hacer un repaso de lo que ha sido el año. Es costumbre hacer resúmenes o tratar de condensarlo en cuatro, seis o diez hechos, pero yo no sabría por dónde empezar a resumirlo y mucho menos cómo definirlo, calificarlo o darle una puntuación con respecto a otros años.
En algún momento de tranquilidad soy consciente de que agoniza el período y me resulta fastidioso pensar que, quizás, debería tratar de sacar conclusiones.
Paro a repostar, a veces, en una gasolinera en medio del campo. Y sí, está en medio del campo. Es una especie de estructura de juguete multicolor de plástico que un niño gigante ha puesto en medio de esa gran extensión de campo. Campo rectilíneo, sin obstáculos visuales, sólo unos riscos cortados, como acantilados escoceses, a mi derecha y a mi izquierda la suave pendiente de unos montes ondulados de pequeña altura, entre los cueles, en suaves curvas, discurre la carretera que más tarde me llevará hasta casa. Pero mirando de frente, entre los acantilados y la falda del primero de esos montes, sólo hay campo infinito hasta el horizonte, allá donde el cielo se fusiona con la tierra.
Es una tarde anochecida, es esa hora cansada de colores apagados y contrastes oscuros. Es una tarde/noche de invierno cálida con una ligera brisa y el cielo esta cubierto por un brochazo grueso de color púrpura oscuro, casí negro. El brochazo no ha cubierto todo el lienzo hasta el horizonte, por lo que en éste, a lo lejos, hay unos pequeños centímetros de lienzo blanco que el pintor ha decidido rellenar de un azul oscurecido y a través de ese trozo, el sol, anaranjado y gordo, está ocultándose tras la ondulación del planeta.
Paro en esa gasolinera, pero soy otro hombre. No voy al surtidor, voy hasta el extremo de la parcela asfaltada que ha robado tierra al campo. Aparco o aparca ese hombre junto al bordillo blanco que delimita el espacio de la estación de servicio. Baja o bajo del coche, a respirar, a mirar al horizonte. Detrás de él o detrás de mi, se oye el rugido del motor de un coche que marcha raudo por la carretera que he , o ha abandonado segundos antes. El hombre o yo, se apoya en el capo de su coche y sus pies, o los míos, sobre el bordillo blanco. Saca o saco un cigarrillo y fuma y mira, o miro hacia el horizonte.
Un parón inaudito, unos momentos de respiro. El hombre, o yo, fuma o fumo. Hondas caladas para ver cómo el humo que expulsa, o expulso, por su, o mi boca, se desvanece rápidamente, contra el cielo púrpura. El hombre, o yo, está, o estoy, disfrutando de unos minutos de libertad que, en definitiva, significa felicidad. Sabe, o sé, que va a ser poco el tiempo de tranquilidad. En un rato sonará su, o mi móvil, una y otra vez. Lo mirará, o lo miraré, cuando ya esté conduciendo, pero no responderá, o no responderé a las llamadas.
Luego seguirá el follón. Seguramente cuando llegue a casa estará esperando la policía para hacer unas preguntas y seguramente ya no le, o me dejen, marchar, porque para ser libre ha, o he asesinado a todos sus, o mis inconvenientes y, por fin, mirando ese horizonte, fumando el pitillo, dejaron de existir todos durante unos minutos.