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Las Razones del Diablo

Historias de todos los días

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Tránsito

Otra semana sin escribir. No he hecho nada especial con excepción de trabajar y correr. He salido a correr todos los días de la semana al igual que he ido a trabajar todos los días de la semana, y éstas pasan y con ellas los meses. Se acabará yendo el verano y entraremos en el otoño, y con él llegará un nuevo cumpleaños, y un año menos para decir adiós. No sé que voy a hacer cuando deje de trabajar. Cada vez estoy más indeciso ni sé que decisiones debo de tomar, ni cuales  son las opciones. Necesitaría que alguien estuviera a mi lado y me ayudara a tomarlas o, al menos, simplemente a mostrarme sus opiniones o, al menos, que me hiciera saber que preferiría ella. Pero no hay nadie, me he quedado solo y me temo que así será hasta el fin de mis tiempos. Es una encrucijada sí, no tiene sentido, lo sé, pero al mismo tiempo he de reconocer que es lo que he construído yo. 

En la casas alrededor mía se reúne la gente. Son casas viejas la mayoría, levantadas con el sudor del trabajo de verdad. Me refiero a que son casas de trabajadores con oficios, no edificaciones de intermediarios financieros o de directores de unidades de negocio o de responsables de marketing que manejan la nada entre sus dedos. Mis casas son de manos con callos, enrojecidas. Muchas de estas casas han sido levantadas por los mismos propietarios, igual con una cuadrilla de amigos o con maestros de la construcción contratados a tiempo parcial. Mis casas son casi del pasado, de otra época que se me antoja remota. En ella han habitado gentes que se han hecho mayores dentro de ellas. Aún quedan habitantes primigenios en la zona, pero la mayoría van muriendo, bien ella, bien él, y al quedarse solos, los hijos optan por enviar a su padre o su madre a una residencia. Papá, Mamá, no puedes seguir viviendo aquí solo o sola. Hay muchas escaleras, todo está lejos, para comprar has de coger el coche o un autobús, no hay un médico cerca, y cada vez que tienes un percance nos tienes que llamar y hemos de venir desde la ciudad, ¿nos te das cuenta? Cuando estaba papá o cuando estaba mamá, las cosas eran diferentes, os apoyabais el uno al otro, pero el o ella ya no está, ¿no te das cuenta?

En la casa, según salgo a la calle, a mi derecha, a unos treinta metros, vive ahora una familia puertorriqueña, igual que en la que tengo a mis pies, a unos cincuenta o cien metros. En este caso no sé cuál es el país de origen, pero no cabe duda que provienen de América del Sur. Son gente bulliciosa, amantes de la familia. Ponen sus banderas, su música, hacen sus comidas con sus ingredientes y le dan a la fiesta celebrando la vida. Hay niños que revolotean, hijas, hijos, cuñados, primos, yernos, suegras, sobrinos, abuelos, abuelas. Todos están semidesnudos sin sentir vergüenza unos de otros, ellas culonas, ellos barrigones, los niños también con sobrepeso, son trabajadores de otros países, atentos, educados, van reconstruyendo sus países en sus pequeños territorios sin importarles que opinan las gentes de su alrededor. Ellos son los que han comprado las casas de los abuelos que se han muerto a mi alrededor. 

Pocas cosas llaman mi atención, y ahora que reflexiono sobre ello, pocas cosas la han llamado a lo largo de mi vida. No tengo esa capacidad que tiene la gente de asombrarse o anhelar hechos futuros o que han de suceder que, a mi, por el contrario, me parecen despiadadamente mundanos y fútiles. Por eso, cuando algo consigue captar mi interés siempre tengo la certeza de que esconde algo puro, sensible, inquebrantable, y suele viajar ya conmigo el resto de mis días. 

Por eso recuerdo tanto a esa anciana pareja que vivía en la casa al lado de la mía, la de la derecha según salgo a la calle. La casa es enorme, de hecho, la llamo el monasterio, y se erige, al igual que la mía, sobre la falda del risco mirando al oeste. Durante algunos años aquella pareja vivió allí. No podría recordar exactamente durante cuantos. Eran silenciosos y mi relación con ellos, como suele ser habitual, apenas existente, de hecho se limitó a media docena de encuentros, pues a veces me llegaban cartas a casa dirigidas a ellos, concretamente a él. 

Rompiendo lo que suele ser más común en las parejas mayores, en este caso él estaba en mejores condiciones físicas que ella  y era obvio que se encargaba de cuidarla. Era enternecedor, o a mi me lo parecía. Él era un tipo alto (no sé si seguirá viviendo), flaco y nervudo y ella era menudita y andaba ya encorvada. Él siempre vestía con un pantalón marrón y una camisa entre blanca y amarilla y por sus movimientos era el encargado de los recados, de arreglar y regar las plantas del jardín y no sé si también de las tareas domésticas. A ella nunca la llegué a ver con claridad, sólo de lejos, tras los setos de su jardín, pero andaba siempre con una bata rosa, tenía el pelo blanco y su tez era pálida. Miraba las plantas y tímidamente se agachaba y parecía que retocaba algún detalle de ellas. A ella jamás la vi fuera de casa, se limitaba a dar pequeños paseos por la terraza que daba acceso a la casa y él pululaba a su alrededor, bien con el jardín, bien trayéndola un pañuelo, abriendo o cerrando una sombrilla o acercándola un vaso de agua o alguna infusión. Los fines de semana soleados del invierno yo les observaba en silencio, escondiéndome, igual que un ornitólogo escudriñando a una pareja de aves, sin querer molestarles. No pasaba grandes ratos espiando, eran sólo unos momentos, el tiempo suficiente como para verificar que las cosas iban bien, que estaban dónde tenían que estar. 

Pasó el tiempo y la mujer vieja cada día estaba más débil, era evidente a simple vista. Su fragilidad iba a más. Le costaba más andar, sus pasos se acortaron y su marido debía de dedicar más tiempo del habitual en sentarla en la hipotética silla que había en el jardín, pues escapaba a mi visión el plano general. 

De hecho, no sé muy bien en qué momento, la anciana desapareció, la dejé de ver, pero nada cambió en las rutinas de él, por lo que deduje que debía de estar enferma dentro de la casa. Unas semanas después la volví a ver salir al jardín entre grandes cuidados de él y poco después la deja de ver de nuevo, y así, con estas desapariciones y apariciones pasaron algunos meses,  hasta que ella dejó de estar, nos la volví a poder ver, por lo que deduje que había dejado este mundo.  Me quedé en silencio y lamenté no haber tenido más relación con ellos, pues me hubiera gustado poder acercarme a preguntar. Pasaron los días, las semanas y yo haca mi vida y mi vecino, supongo que la suya. Si sacaron el cuerpo de la anciana de allí yo nos me enteré, si vinieron los hijos, tampoco, a fin de cuentas yo me paso el día fuera de casa. 

Pero un fin de semana, estaba yo haciendo no sé qué en la puerta de casa y el hombre mayor se acercó a mi casa. Parecía desconcertado, se situó al lado de la verja de casa y balbuceó más que habló. Me preguntaba por un gato, por un gato que nos veía hace tiempo, quería saber si yo lo había visto. Me lo describió y miraba de un lugar a otro como si al mismo tiempo que me comentaba estas cosas siguiera buscándolo. Vi a aquel hombre solo, temeroso. A pesar de su avanzada edad me daba la sensación de que no sabía cuál era su futuro o escapaba a su control. No recuerdo bien si me habló de su mujer muy bajito, si me rumoreó algo a cerca de su hijo. Yo le escuchaba, asentía, sintiéndome incapaz de consolarle, quizás despidiéndome de él. 

Aquel hombre acabó desapareciendo también. Un día dejé de verle y un tiempo después la familia puertorriqueña comenzó a emerger y a conformarse en realidad. Y ahora me saludan de vez en cuando y me pregunto si ella ahora me ven a mi como yo veía a mis vecinos y se limiten a verificar que estoy bien. 

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