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Las Razones del Diablo

Historias de todos los días

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Tengo dos pelotas

Tengo dos pelotas, una de tenis y otra de goma, ambas de vivos colores. Son restos de cuando Dana (la perra) era más joven y jugaba con ellas. A medida que ha cumplido años se ha vuelto más seria y dejó de prestarles atención. Obviamente, ya no le divertían. Me he resistido a tirarlas, quizás por nostalgia, igual que guardamos esa manita hundida en el barro que todos los niños, sobre los tres o cuatro año, regalan a sus padres. En definitiva, las pelotas han adoptado el papel de inservibles, pero no se desgastan y se empeñan en estar ahí, apoyadas sobre un barriga esférica esperando alguna utilidad. Las tengo encajadas en unas barras de hierro que conforman la base de una pequeña mesa metálica situada  en el exterior de casa, al lado de la puerta de la entrada. Las barras son paralelas y la distancia entre una y otra (son cuatro o cinco), es perfecta para encajar allí las dos pelotas. 

Algunos días, cuando llegaba a casa, de aquellas dos bolas sólo había una, normalmente la de goma, y la otra yacía a su lado, en el suelo. Otros días, ninguna de las dos estaba en su sitio y eran ambas las que parecían haber saltado desde su anclaje hasta las baldosas. Estaban quietas y sin saber qué hacer. Yo, con gran sacrificio, me agachaba y las volvía a encajar en sus improvisados railes. 

Así pasaron los días hasta que la de tenis se convirtió en toda una incógnita ya que ya no yacía al lado de la mesita, sino que aparecía en diversas partes del exterior de la casa. No me explicaba la razón. Como aquí sopla el aire con fuerza de vez en cuando, pensé que era el propio Eolo, quien con un fuerte soplido conseguía desencajar aquella bola de tenis haciéndola rodar, a veces hasta la escalera exterior lateral de la casa, llevándola, escalones abajo, hasta la amplia terraza que da al oeste. Pacientemente recogía la bola del suelo de la terraza, y como me daba pereza volver a subir las escaleras hasta el frontal de la edificación, opté por buscar un lugar del cual no pudiera escapar aunque las ráfagas de viento fueran fuertes. No se me ocurrió mejor lugar que un tiesto, pero un tiesto vacío, y allí, en su fondo, la deposité. 

Perfectamente escondida a las inclemencias meteorológicas, me dediqué a dejarme llevar por la rutina de los días y me olvidé de la pelota. Además, la de goma seguía bien anclada bajo la mesa de la entrada a casa. Pero un día, descarada, desafiante, aquella pelota volvía a estar en medio de la terraza mostrándome orgullosa su redondeada panza. Me quedé mirándola desde dentro de la casa, desde la cocina, que da a esa terraza, en silencio. La observaba atento, esperando a que me dijera algo, a que rodara, vibrara o diese un pequeño bote, a que me enviara algún tipo de señal para decirme que tenía vida. Cuando por placer se vive solo, lo cual no está exento de sentir a veces soledad, este tipo de actitudes forman parte de la ilusión de una interacción. 

Sin embargo, el objeto esférico y un poco despeluchado no hizo nada, no se movió ni un milímetro y se limitaba a dejarse tostar por el Sol.  Tenía recelo hacia el hecho de salir inmediatamente y volver a colocarla en su sitio, en el fondo del tiesto, no fuera a ser que cuando estuviera a punto de agarrarla pegara un brinco. Así que esperé hasta prácticamente la noche y volví a observar. La pelota seguía allí, quieta e inmóvil. Era absurdo, pensé, decidido salí y sin pensarlo la agarré y volví a meterla en su tiesto. 

Me volví a olvidar del tema, pero he de decir que comencé a pensar en que algo extraño o al menos curioso ocurría en casa. Me lo confirmó el hecho de que dos o tres días después se volvió a repetir el acontecimiento con igual descaro por parte de mi esférica amiga. Indudablemente, tenía que investigar, pero ¿de qué manera? Era impensable quedarme quieto observando el tiesto desde dentro de casa para ver emerger desde su fondo a aquella pelota como el Sol lo hace en el horizonte cada mañana. Además, la mayor parte del día la paso fuera de casa, por lo que el acontecimiento podría producirse en cualquier momento a lo largo de la jornada. 

Si en un primer momento este extraño fenómeno me suscitó cierta cautela, con el paso de los días, pues el hecho seguía repitiéndose, comencé a pensar que aquella pelota estaba dialogando conmigo, lo que no acertaba a entender era lo que me quería decir. Supongo que estos delirios, como decía anteriormente, pueden ser consecuencia de estar solo sin saber muy bien si tal estado es voluntario o fruto de tu carácter y comportamiento con los demás, supongo que debe de ser una mezcla de ambas cosas. 

Así las cosas, y como en estos casos la locura es un caballo desbocado, busqué todo tipo de interpretaciones. Al igual que esas matemáticas que usan para las pirámides, medí las baldosaos, marqué aquellas en las que a veces a aparecía la pelota, resté, sumé, los resultados los llevé al abecedario sin éxito alguno, hice marcas en las pelota, luego rotulé letras para tratar de descifrar, mediante la que quedara arriba, claves secretas o frases, también me fijé en las letras sobre las que se apoyaba; pero nada, aquello carecía de sentido. O era muy mal matemático e intérprete de los mensajes cultos o aquello carecía de cualquier lógica comprensible para el ser humano. La conclusión es que , simplemente, pasé de la pelota. La encontraba, la recogía, la metía al tiesto y esperaba, al día siguiente, a que saliera.  Volvía a introducirla en el mismo lugar cuando llegaba a casa por las tardes y así transcurrieron los días, repetitivos, con raras excepciones, así que aquel juego misterioso se convirtió en una de las rutinas mecánicas del día en las que ni siquiera reparas, simplemente la ejecutas. 

Es sábado, hace un calor tremendo y estoy en el sillón del salón de casa viendo imágenes en la televisión, con el ventilador puesto, simplemente dejando que pase la tarde y oscurezca. Oigo ruidos metálicos en la entrada de casa, sobre mi cabeza, a la derecha, pues el salón (tengo una vivienda un poco rara), está por debajo del nivel de la calle. No les doy importancia, algo se habrá caído, me digo. Pero los ruidos continuan, tanto que acabo levantándome y subiendo a ver qué pasa. Tengo una portón de metal que rompe el murete que rodea el terreno de la vivienda. Esta  oxidado, y una de las manillas, que acaban en un pomo, esta rota, no tiene ese pomo, nunca lo he encontrado. Pero mira por donde es ese pomo el que está golpeando las baldosas de mi entrada y una gata joven juega con él, entre sus patas. Me ve, me mira, se va. Descubierto el misterio, o no tanto, pues no cabe duda de que Dora, así se llama la gata ahora, es la que extrae y juega con la pelota, pero vuelvo a cuestionarme si detrás de ese juego (yo guardo la pelota y tu la sacas y ahí me la dejas), no ha estado tratando de transmitirme algo. Hablo con Dora. 

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