Historias de todos los días
24 Julio 2023
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Hoy me he vuelto a levantar a las seis y media para ir a correr por el Camino Blanco. Bueno, a las seis y veinte, pues mi reloj biológico se debió de activar anoche, al irme a la cama. Ya empiezo a levantarme con el día aún oscurecido, pues el Sol no hace su aparición hasta las siete y cuatro, al menos hoy, mañana lo hará un minuto más tarde, por lo que poco a poco vuelvo a sentir que se va acercando la capacidad de dominar la madrugada sin nadie que me moleste, salvo algún otro colgado que, salvo que sea un o una deportista profesional o semi-profesional, vaya usted a saber, que razones tendrá para abandonar el lecho aún de noche y lanzarse al campo a andar o correr, Yo tengo las mías y hasta para mí son algo inexplicables, así que esta practica no la suelo compartir, salvo con algunas personas que forman parte de mi círculo más cercano, bueno, ahora que lo pienso, salvo con una.
La razón es muy sencilla, en la mayoría de los casos y visto desde el punto de vista actual, es decir, un punto de vista basado en lo utilizable y rentable (para lo que sea, incluso para aparentar), un observador convencional de la actualidad diría que es una buena forma de empezar el día, de los beneficios que aporta al organismo, de lo activo y ágil que te mantiene durante toda la jornada, de lo bien que sienta al cerebro empezar el día haciendo ejercicio, etcétera, etcétera, etcétera. Hablaría de sustancias químicas que dan chispazos entre nuestras neuronas, alternando en su discurso un par de palabrejas científicas a las que haya podido acceder en un folleto comercial, en un tutorial para niños adultos por internet o en una presentación hecha por un mono amaestrado vestido de hombre o de mujer del mundo occidental. Usará esas dos palabrejas democratizadas (es decir, arrancadas de su significado todo su conocimiento profundo) para usarlas una y otra vez en cualquier conversación sobre el ejercicio físico. Y lo hará, usar esas palabreas, de manera infinita extrayéndolas de su cerebro siempre que surja una conversación similar. Las tiene dentro de él, (su supuesto cerebro), dentro del apartado rotulado como departamento estanco sobre beneficios del ejercicio para el cuerpo.
En todo caso, al observador le importa un culo lo que hagas al amanecer a pesar de que te sonría, aparente escucharte o simule interés porque tú, como persona, le importas un culo también. No te está prestando atención, está pensando en su réplica, pues actualmente ya nadie puede ser genuino. Así que enseguida desviará el afán que nunca sintió de ahondar en las razones que te empujan a tu esfuerzo y parloteará con palabras huecas sobre el ejercicio que hace él o ella, sobre lo bien que, efectivamente, le hace sentir y que para él o para ella es imprescindible también moverse un poco. Tu te sentirás como un feto que no llega a ver la luz y fin de la conversación, pues el observador no deja anclaje alguno al que agarrarte para retomar tu exposición y seguir profundizando en el tema. La charla se ha convertido en una pared lisa perfecta por la que caes hasta al foso, siendo el foso la relación social, comercial o contractual que os une.
Un tipo de mi entorno profesional al que he conocido durante muchos años se murió a una edad en la que no le correspondía. En realidad, no es que tuviera una amistad sólida con él, pero tantos años de relación de trabajo acabó creando entre nosotros un vínculo a través de breves conversaciones, gestos, burlas hacia terceros o comentarios sobre cómo anda el mundo. Era ya mayor, como yo más o menos, pero aún no había llegado su momento. Su muerte fue ilógica, al menos desde un punto de vista del ciclo de la vida , pero hay enfermedades crueles que no reparan en los propietarios de los organismos en los que anidan. Simplemente se introducen, hacen su trabajo y extinguen a su receptor. Digamos que a eso se le puede llamar azar cósmico, pues vaya usted a saber quien sería capaz de tomar una decisión así.
Yo lo lamenté, pues creo que era una de las pocas personas con las que tenía un pasado del que poder tirar cuando nos veíamos (siempre por motivos de trabajo), y además abiertamente, sin tapujos. Nos respetábamos, nos escuchábamos y cuando el contaba algo o lo hacía yo, siempre nos incluíamos en el relato, lo que nos permitía a ambos poder compartir y revivir el recuerdo. En definitiva, se trataba de una de mis últimas amistades profesionales, pues hoy en día esta categoría, la de amistad, ya nos existe en el ámbito profesional.
Pues bien, como decía, este hombre murió y en el círculo de personas del ámbito profesional el hecho causó cierta consternación, sobre todo entre los contemporáneos a él. Hubo una temporada que, por mi trabajo, y en nombre de una tercera parte, en este caso una empresa, a este hombre, ahora muerto, le invitaba al fútbol, deporte que le fascinaba, junto a un grupito más de personas.
Yo, cuando le veía llegar al estadio, le estrechaba la mano, o simplemente le daba una palmada en el hombro, señal más primigenia, ésta última, de reconocimiento y aprecio. Apenas si volvíamos a hablar durante el partido y al finalizar, simplemente nos despedíamos. El que invitaba, el que pagaba todo, sin embargo, era más escandaloso con él, más sonriente, hacía mímica, representaba alegría, felicidad, regocijo, era capaz de hablarle y hablarle y a mi me fascinaba su capacidad de encontrar palabras para sus débiles hilos narrativos sobre la nada. Aquella época pasó y se acabó el fútbol.
Cuando este hombre murió, pocos días después, me llamó el mimo, y me dijo que iba a reunirse con un grupo de gente (compañeros de profesión) y que quería rendirle a este hombre un homenaje cercano y entrañable. A mi aquel gesto me pareció entrañable y digno de respeto. Sin embargo, para lo que me llamaba es para que yo le contará alguna anécdota con el muerto en la que él (el mimo), también estuviera involucrado. Era obvio que quería adueñarse de ella, pues había sido incapaz, a pesar de sus aspavientos con él, de construir una relación durante aquellos años, al menos una mínima para poder generar una anécdota. Automáticamente pensé en varias pero concluí en milésimas de segundo que no iba a compartir con el mimo mis recuerdos. Pero he aquí que por el aprecio que también tengo hacia éste último, también en milésimas de segundo, fui capaz de construirle una y todos tan contentos.