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Las Razones del Diablo

Historias de todos los días

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Citas cíclicas

Tampoco hubo paz completa. Durante la madrugada Lipo se debate con el deber de hacer una especie de anuario de todo lo ocurrido durante el año pasado para una entidad concreta y la necesidad de resumir los puntos fundamentales que van a guiar la de 2025. 

Hoy el día se ha despertado de esos típicos del invierno. Uno de esos de cielo grisáceo con nubes tan bajas que no tienen forma alguna para la vista humana y te hacen sentir estar dentro de una cúpula de vapor de agua. Hace viento, no exagerado, pero Lipo lo escucha estrellarse contra a la casa y silbar. Y también hace frío. Mira por la ventana y hasta el horizonte, sobre el campo, este es el panorama. No atisba ninguna fisura en el lienzo con la que suponer que se pueda colar algún rayo de sol, aun tenue, o al día  aplicar un leve, levísimo brochazo azul de su paleta, por pálido que fuera. 

Es día de Reyes y Lipo no vislumbra a los humanos en los páramos, ni en las carreteras y caminos que los cruzan. Ve algunas casas desde la suya, tampoco percibe actividad de esos seres en ellas. Entiende que están entregándose regalos y llenando los salones con papel de envolver arrancado con fiereza y arrugado, más aún si en las casas hay niños. 

Ha de salir a correr. La idea le aterra por la pereza que le genera. Su cuerpo ahora en casa con la ropa hogareña imaginado en medio del camino, rodeado por el aire, salpicado por las gotas de lluvia, el frío estampándose contra su rostro y el esfuerzo físico. Se dice a sí mismo que ya no tiene edad para eso, que ya está bien. He de salir a correr, se repite. 

Sin ser consciente de ello, se cambia de ropa y cuando ya es consciente, está equipado y saliendo de casa. Se sube al coche y se va hasta su camino. En la carretera no recuerda haberse cruzado con ningún otro vehículo ni grande ni pequeño. Llega, aparca, llueve. Espera paciente sentado dentro, esperando a que la nube, a pesar de ser inapreciable, pase. Se acuerda de cuando era pequeño y los días de lluvia eran largos y eternos. En realidad, hace poco que aprendió que la lluvia es pasajera. 

Sale del coche y aunque chispea, se lanza a la carrera. A los pocos minutos, por su izquierda, le adelanta una mujer joven perfectamente equipada y con un buen ritmo . Se saludan austeramente y Lipo piensa en lo que ella pensará de él, de ambos. La trata de seguir pero es inútil. 

La volverá a ver  cuando casi esté llegando a su punto de retorno.  Ella ya está volviendo. Se vuelven a saludar. Lipo para, respira, se recupera e inicia el regreso. Hoy va un poco más lento que de costumbre. A medio kilómetro escaso para acabar, otra figura femenina se va formando en la lejanía hasta que adquiere proporciones similares a las suyas y se cruza con él.  Es una mujer con la que ya ha compartido pista en otras ocasiones. Intuye que es centroeuropea. Es una fémina grande, robusta, de piedra. Podría ser una atleta del pueblo, de algún país tipo Georgia o Bielorrusia, tiene esa pinta. Al igual que la primera con la que se ha cruzado, esta también es muy seria, pero también se saludan. Y acaba. Se vuelve a subir al coche y regresa a casa y ahora sí se ha cruzado, quizás, con cuatro vehículos. 

Hoy acaba la Navidad y Lipo se entristece. No sabe realmente la razón de ello, pero así es. Mañana desaparecerá la magia que crea el atrezo navideño y abnegados, nos encaminaremos a nuevas citas cíclicas, piensa Lipo, repetitivas, pero no tan entrañables como ésta. 

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