Historias de todos los días
3 Enero 2025
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Y hablamos mientras comemos.
Y ella, que está nerviosa, va ganando peso en la conversación, tanto, que ahora se me antoja como una presa que contuviera palabras.
Poco a poco van desbordándose. Y ya no hay diálogo, sino un cauce lleno de sus frases, frases que bajan enloquecidas cruzando valles, llenando afluentes y regando campos en su viaje hacia el mar.
Y encadena una historia con otra. Y mezcla con las judías verdes el color sepia de esas fotos digitalizadas. Y cada foto tiene su historia, su anécdota. Y todos los personajes que me muestra en ellas están contentos, con esa mirada alegre que refleja un momento dichoso o simplemente lo extraordinario de hacerse una fotografía en esos tiempos, que eran tan alegres que habían de convertir los colores al blanco y negro.
Y llega el segundo plato, y ya vamos por la cuarta de sus narraciones. Y la miro. Algunas historias ya las conozco. Se lo digo, pero no me escucha, ha de sacar de su dentro todo aquello que sabe y recuerda de esos personajes que ya se han ido. Y me dice de ellos ya han llegado y que se han encontrado y que han montado un club, no se sabe en qué capa concreta de qué realidad. Y que la esperan.
Sonrío y vuelvo a la escucha. Y ya llega el postre. Manipula inquieta su galería. Me muestra más instantáneas, las amplia con sus dedos, da un toque, las desplaza por la pantalla, nuevo toque, nueva ampliación, nueva foto.
Y de pronto pienso que no me gusta ese club. Y siento cierta tristeza y entonces dice la gran mentira: que no hay nadie irreemplazable.