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Las Razones del Diablo

Historias de todos los días

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Una mala costumbre

Lipo lleva un tiempo que no es el que era durmiendo. Últimamente tiene unas patologías extrañas relacionadas con el sueño. Concretamente, y a partir de las cinco o cinco y  media de la madrugada, se le mete en la cabeza, la que se puede tener a esas horas en cuanto al buen razonamiento, cualquier idea. 

Las ideas pueden ser una deformación absurda de un tema del trabajo, tal como un problema hiperbolizado, llevado hasta el extremo ridículo, pero que a Lipo, le crea angustia, inquietud y ansiedad. Le obliga a dar vueltas en la cama, cambiar de postura y tener que concentrarse para tratar de volver a conciliar el sueño mientras mira regularmente los dígitos rojos. A veces, incluso es consciente de que aquello en lo que piensa no es real, pero esas clarividencias son muy pasajeras y puede llegar a ocurrir que desde el mundo en el que rige la inconsciencia del sueño, esa verdad que podría salvarle de su malestar se antoje como el sueño en sí mismo. Así que lo que es cierto y lo que no, sólo se materializa robusto y definitivo segundos después de que LIpo se levante de la cama. Y en ese momento, mientras se despereza, se da cuenta de que aquello que le ha inquietado era una jodida inteligencia artificial de su cerebro que, tomando datos de acá y de allá, ha construido otra realidad. Pero también le sirve para concluir que el hecho que se ha revuelto contra él y le ha herido, hay que eliminarlo cuanto antes. 

Esta noche no ha sido diferente, pero como quiera que en el aspecto profesional de Lipo ahora no hay graves problemas, reales o supuestos, la angustia se ha ido por otro lado. Concretamente ha estado dándole vueltas al número total de páginas que aun le quedaban por leer de la novela que tiene encima de la mesilla. Lipo acostumbra a leer antes de dormir. La angustia venía porque en ese duermevela era incapaz de ver con claridad el lomo del libro y, por lo tanto, discernir el grosor de páginas desde el marca páginas hasta el final. 

Le angustiaba no saber si la novela le iba a proporcionar lectura o no durante todo el fin de semana y si tendría que buscar otro libro, antes de hacerse con uno nuevo, que, a su vez , habría de adquirir. 

Y ha dado vueltas, y vueltas, han vuelto esos instantes fugaces de clarividencia y ha sido consciente de lo absurdo de su angustia. A eso de las siete, quizás por la postura, ha comenzado a dolerle el pecho, un pinchazo agudo y ancho en el lado izquierdo, el del corazón y que tenía ciertas y remotas ramificaciones hasta sus encías. Le ha despertado. Se daba la vuelta y desaparecía el dolor, pero volvía cuando apoyaba su pecho para dormir de costado, sólo no emergía tumbándose boca arriba. Y boca arriba ha teorizado sobre los infartos, y cómo deben de ser con ese dolor que ha sentido llevado al extremo y ha pensado en su padre, que así murió, en un hospital, días después de recuperarse de uno que, obviamente, no se había ido. El de esta noche sí. Y Lipo se ha levantado, vivo y como siempre, con la mala costumbre de no dar gracias por ello. 

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