No se donde oi, vi o lei que la bicicleta era el medio de transporte más rápido inventado por el hombre y basado en su propia fuerza para desplazarse. Siempre que subo a la bicicleta pienso en esto. Por fin algo hoy recuerda al otoño. He notado cierto debilitamiento de los atributos del verano en el ambiente, pequeñas señales esperanzadoras. Hoy he notado desvanecerse la densidad del verano. Sería porque ya ha cerrado sus puertas la piscina municipal por la que cruzo en mi paseo. El caso es que dónde antes había gritos y palabras agudas de niños inquietos con toalla al cuello, ahora hay silencio roto por el ulular del viento. Será por el abuelo con el que también me cruzo unos kilómetros más adelante, sentado en su silla de mimbre en el umbral de la puerta de su casa. Siempre con camisa blanca de manga corta, hoy la misma pero con una rebeca azul oscura sobre ella. Será por el agotamiento que percibo en los árboles, por la vejez de sus hojas o por el cielo, que ahora veo con más detalles, con más insinuaciones frente al raso e infinito de hace sólo unos días. Sobre la bici, recorriendo poco a poco el camino, como siempre, he pensado. De nuevo esa forma particular de pensar que proporciona el esfuerzo del pedaleo. A veces un pensamiento parece quedar enganchado en alguna arista del cerebro y va dando tumbos contigo, sin desenroscarse, golpeando tus sienes, con ganas de mostrarse, pero tenso y hecho una bola. Aún así, a veces consigues ver claro cosas. Lo que más nos preocupa a todos es el futuro, y pedaleando, te sientes tan libre, que el futuro es como el camino o la carretera, sólo has de recorrerlo. Mi hijo no para de llamarme, en eso he pensado. me ha llamdo incluso sobre la bici, y gracias a los denominados pinganillos, he pedaleado hablando con él. Mi hijo, de exámenes, vago como él sólo. Prácticamente viene todos los días, desde su casa hasta el centro de la ciudad a comer conmigo. Me sorprenden a veces sus ganas de estar conmigo, me enternece, me emociona su amor y sus ansías de quererme. me gratifica, me conforta, me llena por dentro, y me da pavor pensar en la cantidad de tiempo que he perdido, que ya no recuperaré con él, y en las ganas de no desaprovehcar, de otra manera ya, el que quede. Por eso mi vida, no perdamos nosotros el nuestro, no valoremos nuestro tiempo como algo infinito, que no lo es, y aún siéndolo, siempre perdemos el que no usamos, y núnca nada se repite igual en el tiempo, y núnca nada se rescata de él. El tiempo, dios tirano y bondadoso también, una auténtica balanza, te da todo, te lo resta todo, te da equilibrio o la tortura del desequilibrio. El tiempo, el puto tiempo, hoy me ha dado una tarde maravillosa. Visualizándote, imaginándote allá tras tu mesa, tus tijeras, el celo, pegatinas, las bolsas las pompas, tu capacidad de agradar, te echo de menos. Te echo de menos en estos momentos, en nuestros tiempos. Tiempo como el mío de esta tarde, que tendría que ser tuyo también, tiempo como el tuyo, que también habría de pertenecerme. Tiempos paralelos, infinitos, dos líneas que nunca se llegan a cruzar, sólo si contruimos un nuevo tiempo los dos juntos. Líneas que se convierten en círculos, en cuadrados, en rectángulos, cualquier figura que encierra a lo que hay dentro, que no somos nada más que tu y yo.