Historias de todos los días
7 Enero 2018
Hace un año, más tres días, estaba cargando gasolina en la estación de servicio del pueblo en el que duermo. Hace un año, más tres días, mi perra esperaba en el coche a que yo pagara la gasolina. Hace un año, más tres días, la dependienta de aquel lugar permanecía apática bajo la luz blanca del local esperando a que su compañero acabara de llenarme el depósito. Hace un año, más tres días, era cuatro de enero de 2017 y hoy, es siete de enero de 2018 y si hecho la vista atrás, no sabría seleccionar un hecho o un momento digno de destacar de los últimos 368 días. Hace un año, más tres días, me acuerdo de la dependienta de la gasolinera por su actitud de hastío, y si bien no llego a tanto, me identifiqué con ella, quizás hastiado también de tanta reunión familiar.
Hace un año, más tres días, llegaba a la conclusión de que el año nuevo se había hecho viejo en tan sólo cuatro días. Igual pienso un año después, que el año, recién arrancado, ya es vetusto, porque el año cambia, no tú. Y menos mal, sería esquizofrénico ser una persona diferente cada año, y peor aún una persona mejor, año tras año.
Todos mis arranques de año tienen algo en común, el hecho de encontrarme solo. El nuevo año me da unos días, a veces sólo veinticuatro horas, para reflexionar. El año pasado arranqué con un gran paseo con mi perra, este año el paseo también ha existido, pero he andado solo.
Anoche llegué a casa después de repartir los Reyes Magos. Llegué a las diez de la noche y una leve manta de nieve se había posado silenciosamente sobre mi casa. Por fin en mi cueva después de estar vagando, cargado con bolsas con regalos, de un lugar a otro y, como todos los años, con una pequeña bolsa en la que llevaba los míos, y con esa sensación, también como todos los años, de que la Navidad ya había acabado y sin poder disfrutarla, como intuyo que debe hacerse. Es mala suerte que la única etapa festiva del año coincidente con el invierno tenga que estar jódidamente invadida por encuentros con la familia, mi familia.
Como siempre, entro en casa cargado de planes y, como siempre, acabo sin hacer ninguno en especial. Si acaso, el único realmente consistente sea disfrutar de estar tranquilo. Me siento y pienso qué puedo hacer con esa tranquilidad, y tantas vueltas le doy que me quedo sin tiempo para hacer nada que pudiérase considerar útil.
Llegados a este punto, y dadas las horas que son ya, me dejo embargar por el placer en trasnochar pensando que al día siguiente no he de madrugar, así que simplemente dejo que avance el reloj intentando organizar lo caótico.
Hoy me he despertado a las nueve y media y echando un vistazo fuera, he visto un blanco manto cubriéndolo todo, situación demasiado anormal para quedarse en la cama. Así que, sin pensármelo, he decidido levantarme.
Lo primero un café, lo segundo, recorrer la casa, asomándome por las ventanas y observando las distintas vistas de mi territorio nevado. He salido fuera, no hacía excesivo frío, y los coches estaban cubiertos con dos centímetros de nieve sobre la chapa y los parabrisas.
Mis planes eran recluirme en casa a ver nevar, pero pensando, pensando, he decidido bajar a mi bar favorito a tomar un café y ver el ambiente.
He arrancado, he llegado. Poca gente en el lugar. Todo el mundo comentando la nevada. Una niña con su muñequita meona nueva. Me fijo, ya han descolgado parte de la decoración navideña. Me tomo mi café, ¿Y ahora qué hago? hace frío. Me iba a volver a casa, pero a mi anterior pensamiento se ha sumado el de mi solitario camino nevado.
Demasiado tentador como para no vivirlo, así que, lejos de regresar, me he dirigido a él y lo que iba a ser simplemente una toma de contacto se ha convertido en un paseo de cuarenta minutos pisando la crujiente nieve entre los arbolitos raquíticos en medio de una nada blanca, sin horizonte, la nieve inmaculada se difumina con una niebla gélida. Oigo mis pisadas, descubro gorriones hinchados entre las ramas de los arbolitos, hierbajos helados, charcos de escarcha y pisadas, allí ha habido alguien antes que yo, más de una persona. Calculo cuatro.
Desde el fondo se dibuja una figura, es un hombre mayor con un bastón. Nos saludamos. Me doy la vuelta, viene una corredora. también nos saludamos, somos los únicos seres humanos en esa estepa blanca.
Trato de pensar, pero no puedo, o si lo hago es de manera leve. Miro a mi alrededor. Trato de quedarme con las imágenes, pues serán difícil volver a verlas. Vuelvo a casa.
Mañana, de nuevo, la rutina, mañana empezarán a pasar los días y yo estaré ajeno a ellos, concentrado en tareas y abstracciones. Y cuando quiera darme cuenta ya habrán botado mis tulipanes y cuando quiera darme cuenta, pensaré lo que pensé el pasado año, ¿Qué fue del otoño y del invierno?