Historias de todos los días
29 Diciembre 2017

El poso, eso que queda en el fondo de la taza. Hay diversos tipos de posos. Algunos son efímeros y sólo sirven para pronosticar tu futuro a través de la boca de alguien que dice saber leerlos, otros se van echando una aguita, otros exigen estropajo y los hay que ni bien ni mal se consiguen eliminar. Estos últimos, cabezones y persistentes, se agarran a la porcelana de manera definitiva. Es tal su abnegación que acabas aceptándolos y son los que hacen que el fondo de tu taza quede suavemente tintado con un tono leve del color original que tuvo aquel poso.
Así las cosas, cada vez que usas la taza, cada vez que echas allí dentro cualquier líquido, sea cual sea, aquel reflejo lejano te viene a la memoria y con él, al menos a mí, los recuerdos de aquellos momentos que rodearon a aquel liquido primigenio. Y entonces, después de sonreír, te preguntas sobre las razones por las que decidiste no limpiar a fondo esa taza. Quizás llevabas prisa, quizás pensaste que la limpiarías al día siguiente, quizás que aquel poso era leve y sin consistencia y que decidieras cuando decidieras limpiarlo, se esfumaría sin poner resistencia. Sea como sea, y dado que erraste sobre como enfocar este tema, el poso vive contigo en tu taza, te acompaña y se transforma en tu seña de identidad.
Tu taza con poso, es tu taza. nadie querrá utilizarla y tu podrás identificarla rápidamente. Lo mejor es que cuando existen tazas iguales, que más da el aspecto externo, tu distinguirás tu taza, sólo, mirando dentro.
El poso se hace eterno, ese poso, tu poso, proporciona unos atributos únicos a tu cuenco. El poso, en el que nadie repara, pero que todo el mundo sabe distinguir, de pronto, ha sido capaz de crear vínculos y sientes que tu taza, que lo contiene, te tiene cariño, te es fiel, le gusta estar cerca de ti, le encanta que la agarres por su asa mientras miras un papeles, lees el periódico o miras al horizonte. Tu y tu poso contenido en tu taza, inseparables y eternos.
Con el tiempo, ese poso eleva su categoría, y ahora tiene forma, ese poso es un dibujo, una letra, un símbolo. El poso ha adquirido personalidad y hete aquí que un día, da igual si en el café de la mañana o durante el té del atardecer, acabas hablando con aquel ente, que no sabes muy bien qué es, ni porque razón ha decidido estar contigo.
En definitiva, comienzas a charlar con aquel poso, te agarras a él como a un ser íntimo al que le narras tus intimidades, tus problemas y tus angustias, tus vergüenzas, tus dudas y también tus ilusiones. El poso comienza a conocerte, el poso comienza a predecirte, el poso se transforma en un ser íntimo y dentro de tu cabeza se abre hueco, entre todas las demás acciones, tener un rato con tu poso.
Eres tan feliz con tu poso que ahora, cuando limpias tu taza, lo haces con cuidado, levemente, tratando de no dañarlo. Secas la taza y lo acaricias, a veces hasta puedes hacerle unas cosquillas. Lo depositas, o bien lo dejas cerca tuya, le dices hasta luego, sabes que está ahí.
Es tal el vínculo que, de pronto, comienzas a sentir angustia, temor de perder tu taza, temor de romper tu taza, temor de que alguien la use sin querer, temor de de alguien la empuje, la melle, se emperre en limpiar aquel poso tuyo. En definitiva, es terrorífico perder tu poso, pierdes parte de tu vida.