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Las Razones del Diablo

Historias de todos los días

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Tiempo

Hoy dispongo, a duras penas, de diez minutos para escribir. Tengo poco tiempo, llevo ya muchos días con poco tiempo. Las horas parecen que se escurren de mi cuerpo sin querer agarrarse a él, o es que mi cuerpo ha ido adquiriendo forma de huso y avanza raudo entre ellas sin siquiera dejar que me rocen. 

Salgo temprano de casa, la del risco, o la del monte, o la del montículo, no sé que es encima de lo que vivo. Sólo sé que está en lo alto, y eso me permite disponer de unos breves momentos para mirar el horizonte. Luego todo son miradas cortas, miradas, las más largas, que no alcanzan más de ocho o diez metros. Luego sólo hay pantallas y visiones desenfocadas de objetos mientras hablo por teléfono, y siempre pendiente del reloj, calculando, y, en vez de sumando horas, restándolas e intentando ser más rápido que el segundero. 

Es una forma de gastar la vida, hay otras, la de las horas muertas y pesadas, creo que esta segunda es peor. Pero a veces siento envidia de las parodias de los tranquilos, de los minúsculos filósofos entretenidos en problemas mezquinos con los que yo no tengo ni un segundo para entretenerme, tan aburridos. Supongo que es una buena forma para no enredarse con idioteces y simplemente fulminarlas. 

Pasó mi tiempo de la representación, el de la puesta en escena, el de ¿Qué me pongo? ¿Con qué camisa combino este jersey? ¿Y los pantalones? ¿Y el conjunto va con el color de mis ojos? ¿Y qué me invento, cómo me defino? ¿Qué me ha conformado y me ha ocurrido para ser cómo soy? Ojalá me hubiera dado cuenta de ello mucho antes. Ojalá hubiera mirado a los ojos a ciertas personas antes, en vez de mirarme a mi mismo. Tiempo perdido, tiempo muerto, el último antes del final del encuentro. Ojalá hubiera hecho lo que ahora hago, ojalá, antes hubiera estado, como ahora, tan perdido. Ojalá hubiera añorado antes el espacio quieto, el momento tranquilo, ojalá, cuando tenía fuerzas o quizás, ahora que me faltan, viene a mi ser esta nueva percepción con cierto sentido. 

Aún así, no está mal mi vida. No falla el mundo ni lo que en él siempre ha habido. Lo que falla somos nosotros que no sé qué jodido giro hemos pegado. Nos hemos vuelto idiotas, maleducados, groseros, deshonestos. Creo que nos hemos amargado con tanta rutina competitiva. Nos hemos transformado en seres ruines, huraños y desconfiados, un asco. Y hablo en plural por educación,  y porque supongo, aunque no sé cuando lo hice, que yo mismo he contribuido a todo esto. 

No me queda nada que hacer, sólo aguantar, al menos mientras esté en esta cancha, defender mi resultado, repeler ataques, simular brios, simular ganas de seguir jugando. Y a veces respiro, hondo y sentido, y un soplo de aire enfría mi organismo y parece emitir calambritos a las piernas, a los brazos, a mis ojos, incluso crea anhelos, proyectos y a veces hasta un camino. 

Y todo esto no es negativo, es positivo, sería gilipollas de no percibirlo. 
 

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