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Las Razones del Diablo

Historias de todos los días

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Según subes por la espalda, también a la izquierda

¿Cómo era? ¿A perro flaco todo son pulgas? Sí, creo que era así. Hace referencia a cómo se ceban las desgracias con los más débiles y vulnerables. Pues bien, me he convertido en un perro flaco que no para de rascarse, como puede, con las pezuñas de sus patas. 
Ya había superado la crisis que había afectado a mi pierna izquierda, aquella que me hizo vivir como un tullido durante una semana para evitar el dolor, cuando un rumor lejano se comenzó a manifestar en mi espalda, concentrado en un punto, subiendo desde la cintura a la izquierda, bajo el omóplato.  En un principio no le dí la menor importancia, y aunque me susurraba al oído, atribuí la molestia a las posturas circenses que hube de adoptar durante los días anteriores para, con mi pierna herida, poder entrar en la ducha, ponerme un calcetín o, simplemente, recoger algo del suelo. 
Sin embargo, hace dos días, llegada la noche, aquel punto en mi espalda pareció tejer sus raíces con decisión y lo que era una ligera molestia subió dos grados de intensidad, transformándose en pequeños latigazos de dolor.  
Sorprendido, seguí tratando de ignorar aquellos primeros cañonazos y me fui a dormir, no sin antes buscar, con precaución, la mejor postura de consenso entre el nuevo enemigo y yo. El alto el fuego apenas duró unas horas, pues en el conticinio de la noche, esa hora de lo oscuro en que todo está en silencio, comenzó la ofensiva.  
Fue un ataque en toda regla, y desde aquel epicentro enraizado en la parte posterior de mi cuerpo se lanzaban potentes proyectiles silenciosos que cruzaban mi espalda en todas direcciones, haciéndome gemir y doblarme como un poseído. Cada cañonazo imprimía un arco de dolor que imaginaba del color de las llamas.  El enemigo estaba furioso, ingobernable, y mi única defensa posible era retorcerme buscando una postura que hiciera vanos sus rabiosos ataques. Lo conseguía, pero por escasos periodos de tiempo, bastaba una respiración profunda, un movimiento de ojos, para que un nuevo trabucazo diera en el blanco. El dolor es cansado, y en la intempesta nocturna estaba agotado. Pasaban los minutos lentos y me imaginaba a mi mismo como un herrumbroso andamio a punto de derrumbarse. 
Aquello no tenía solución, así que sopesé la idea de darme una ducha e irme al hospital. Sin embargo, pensar en entrar en la bañera o al coche me parecían tareas imposibles por el riesgo de partirme en dos o en trescientos pedazos. 
Pensé que la luz del amanecer traería esperanzas a mi ánimo y, no sé de qué manera, logré llegar al gallicinio vagando como una ánima por los pasillos del hogar. Como un batracio bajé hasta la cocina, preparé un café y decidí meterme una pastilla contra el dolor. Esperé unos minutos a que la química hiciera su efecto y cuando sentí los primeros retrocesos del enemigo, raudo, me fui al hospital. 
Aparqué el coche en mi trabajo y desde allí tomé un taxi. Tuve la suerte de dar con taxista que me proporcionó una agradable conversación, además de apiadarse de mi situación. Me dejó en la esquina del hospital y andando fatigado, con problemas de respiración, entre en las urgencias del centro. 
Afortunadamente estaban semi vacías lo que contribuyó a aliviar mi dolor. Otro hombre, algo mayor que yo, grandón, esperaba sentado su turno. La última vez que estuve aquí estaba acompañado y, desde luego, no es bueno que el hombre esté sólo en las urgencias de un hospital. Pero tanto él como yo, lo estábamos. Entregué mis papeles y apenas un par de minutos después de conseguir sentarme en una silla, me llamaron.  
Describí mis males a un médico que he de calificar de extraordinario. Se centró rápidamente en mis problemas respiratorios y tras preguntarme si era fumador y obtener una respuesta afirmativa; así, sin contemplaciones, me dijo que quería ver mis pulmones. Ya sabéis la asociación de ideas que vienen a la cabeza en esos momentos, pero no perdí la calma. Me tomaron la tensión mientras alguien venía a recogerme para llevarme a hacer una radiografía, la tenía disparada. Probaron a hacerlo de nuevo y una vez más los numeritos salían altos. 
Un enfermero dio conmigo y me encaminó, junto al hombre grandón que me había encontrado en la sala de espera, hacia el área de rayos X del hospital. Me dieron una bata que me puse al revés, pero al final conseguí mi foto que me entregaron en mano y con la que desanduve el camino. 
De vuelta a la sala de urgencias, directamente me metieron en lo que denominan un box, concretamente el número 2. Allí pasaría las siguientes tres horas. 
Apareció una doctora que me palpó la espalda tratando de determinar mi punto de dolor, tratando de asegurarse su ubicación exacta, creo que quería descartar opciones de su origen, pues aquellas cifras de mi tensión no eran normales. Yo lo único que quería es que apareciera el primer médico y me dijera algo sobre mis pulmones, y apareció. Tuvo la cortesía de suponer mi preocupación y asomando su cabeza entre las cortinas de mi cubículo, se limitó a decir: pulmones bien. Un alivio. El médico me dijo que iban a hacerme un electro, a extraerme sangre y le dijo a una enfermera que me diera un tarrito de plástico para que meara en él. Joder, aunque pensé que al menos iba a estar entretenido. Son pocas veces las que voy al médico, así que una vez allí, que menos que dejarte hacer. La médico que me palpaba la espalda me dijo que mi tensión alta podía deberse a la gestión del dolor, ya que ya eran varios los días que me centraba en esa tarea. Apareció otra enfermera que, además de darme el recipiente para el pis, me instaló una vía, me extrajo sangre y me llenó el pecho de adhesivos. Electro. A continuación fui al cuarto de baño y, obediente, mee en aquel recipiente. 
Volví a mi box y por aquella vía me chutaron un calmante, menos mal, por fín. Ahora quietecito y a espera. Me percaté de que el hombre grande estaba en el box de enfrente. Tenía más atención que yo por parte del personal. Una enfermera le interrogaba sobre el dolor que había tenido la pasada noche. Le dio a elegir entre varios tipos: agudo, punzante, un dolor que quemaba, eléctrico… El hombre se decidió por el punzante y en una escala del uno al diez, dijo que le dolía nueve. Estaba infartado, le dijeron y lo iban a ingresar en la UCI. Me llamó la atención cómo se tomó el hecho, con absoluta sumisión, sólo dijo: vaya. Creo que yo hubiera reaccionado de igual manera. Acoplaron la bolsa de plástico que contenía sus enseres a los pies de su cama y se lo llevaron sobre ruedas hacia su futuro. Le saludé con la mano y tiernamente, aceptando su situación, me lo devolvió. 
Una hora después una enfermera caribeña con el pelo afro entró para tomarme la tensión de nuevo. Los dígitos seguían altos. Joder con la tensión. 
En la siguiente hora no ocurrió nada, con excepción de que aquel sedante y el cansancio que acumulaba hicieron parecerme aquella camilla rígida en un confortable lecho. Iba a entrar en un apacible sueño cuando el médico, la médica y una enfermera entraron en mi hogar. 
Bueno, todo está bien, pero tiene una pequeña infección de orina. No me jodas,  dije perplejo. Sí, quizás sea debido a falta de líquido, a beber. Respecto a la espalda los que tiene es una contracción de caballo debido, vaya a usted a saber la razón, tensión, una mala postura, un esfuerzo. Reposo, unos días tranquilo y unos polvitos mágicos y pastillas. Debe usted de ir a medicina interna, nos sigue preocupando la tensión. Oía sin escuchar, quería salir de allí. 
Fuera el día era radiante. Caminé, quería pasar desapercibido, que los dioses no se fijaran en mí. Quería saludar con una sonrisa, simplemente cruzar la calle e incorporarme anónimamente a una nueva calle, dejarme envolver, sin llamar su atención, por la vida. 
Llego por la noche a casa y me apoyó en el borde del lavabo. Me miro en el espejo tratando de hacer una reflexión con la imagen allí reflejada. No nos decimos nada, sólo nos miramos y parecemos reírnos el uno del otro o ambos de nosotros mismos. Pasó ya el tiempo en que nos mirábamos de distinta forma, ambos estamos ya en otra etapa, diferente, con otras coordenadas. Suspiramos resignados, recordamos al hombre del infarto, estará sólo, preocupado, y nosotros aquí, en casa. Me desabrocho la camisa y aparecen más de doce pegatinas del electro adheridas a nuestros cuerpos. Nos reímos, llamamos a Rambo y sufriendo, nos las arrancamos, llevándonos los pelos del pecho en ellas. 

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