Overblog Todos los blogs Blogs principales Estilo de vida
Edit post Seguir este blog Administration + Create my blog
MENU
Las Razones del Diablo

Historias de todos los días

Publicidad

Partida en "pause"

La otra noche estaba cenando tranquilamente en casa. Por las noches se trata de algo frugal, por los que suelo prepararme cualquier cosa y llevármelo al salón en una bandeja de madera redonda que en realidad imita a un gran plato. Sobre esa bandeja mi plato de loza con el alimento, una copa de vino, a veces, la servilleta y los cubiertos. 

Enciendo la televisión, aunque muchas veces no me acuerdo de lo visualizado al día siguiente, pero bueno, es, digamos, uno de mis momentos de anonimato dentro del cual me gusta meterme algunas noches. Alterno la vista entre la pantalla y el plato.  Corto, troceo, recojo, doblo, empaqueto, lo que toque, y a la boca. Ahora estoy mirando a mi plato, estoy manipulando la comida y con el rabillo del ojo izquierdo adivino una mota negra nerviosa surgiendo del envés de la gran bandeja de madera, ¿qué cojones es esto? Me pregunto enfocando ya mi vista de forma directa sobre aquel punto. Levanto el plato de loza, y bajo él, dos motas negras más que no saben hacia dónde dirigirse. Ya son tres. Retiro mi plato con el alimento y lo poso sobre otra mesa. Agarro la bandeja, la volteo y en su parte trasera hay tres o cuatro individuos más enloquecidos de esa diminuta especie. Me cago en diez, digo voz alta.  Vuelvo a mi plato de loza y me cercioro de que no haya nadie dentro de él. Aparentemente no, pero esos seres son diminutos, podría pasar desapercibido. Sujetando la bandeja como si estuviera apestada voy con ella al fregadero, allí la suelto, bajo el grifo, la restriego bien con el estropajo y veo ahogarse a aquellos individuos y perderse por el sumidero. Seco la bandeja, vuelvo al salón, vuelvo a verificar que no haya nadie en mi plato de alimento, lo pongo a la altura de mis ojos, observo esperando el más leve movimiento. Nada, pero ya no puede comer tranquilo pensando en cuantos de aquellos seres me podría haber comido ya. Hace calor, enciendo el ventilador. He acabado de cenar. La tele sigue emitiendo imágenes y sonido, no me interesa. Me levanto, friego el plato, la copa, observo, ambos objetos limpios los seco. ¡Coño!, digo, jodidas hormigas diminutas. 

Leo un rato, vuelvo a encender la tele, nada, me voy a la cama a tratar de dormir. 

Por la mañana he olvidado el incidente por no ser algo habitual. Es muy temprano, las seis y media pasadas, todavía el día está negro, me pongo un café antes de salir a correr, verifico la pila, la encimera, nada. Espera, otro ser diminuto explorando una tabla de cortar de madera, y si hay uno hay otro, y sí encuentro dos, lo más seguro que haya varios. Efectivamente, media docena o más de aquellos seres se mueven en danza sobre mi tabla y alrededor de ella. Deben de ser buscadores nocturnos con gafas de infrarrojos. Agarro papel de cocina, y no quiero matarlos, pero los aplasto con él y los arrastro hasta el cubo de la basura haciendo un mausoleo en forma de bola de papel para su eternidad. Jodidas intrusas, cabronas, lo lleváis claro, me digo. Me voy a correr sintiendo algunos picores en mis piernas que reviso para cerciorarme de que ninguna recorre mi cuerpo.  

Vuelvo, me ducho, pero ya no me olvido del incidente pues ha habido una repetición Me crea inseguridad, ya he dejado de ser feliz. Voy a estar prácticamente toda la mañana fuera,  ¿y si durante mi ausencia emergen más exploradoras? La perspectiva me crea inquietud. Antes de irme me cercioro de que no hay seres diminutos vagando por mi cocina. Ni uno, seco todos mis utensilios usados, los guardo, no dejo nada despreocupadamente a su libre albedrío, se ha roto mi dejadez y aquellos seres me obligan a crear nuevos hábitos y perder el tiempo en ellos. Me cago en ellos. Para asegurarme, agarro un spray de esos que matan a los bichos y roció la encimera y la pila de la cocina, así, de paso, si hay alguna mosca suelta también acabo con ella. 

La mañana ha sido como todas, pero me ha hecho olvidar mi problema con las hormigas. Vuelo a mediodía, y a pocos kilómetros de casa emerge la preocupación sobre esos seres en mi mente. Abro la puerta y lo primero que hago es bajar a la cocina a observar si continuo viviendo en soledad o bien esas hormigas se han empeñado en convivir conmigo. Hay paz, ni rastro. Respiro y noto rastros del olor del insecticida. Hace calor, más calor. Supongo que el spray ha sido definitivo. Me relajo, subo, me desvisto, me ducho de nuevo, me pongo cómodo, como algo con cierto resquemor, leo, escribo, enciendo la tele, la apago, me quedo dormido, me despierto, me hago un café, pasa la tarde escondido en mi cueva y, poco a poco, va llegando la noche. Voy a preparar algo de cenar, enciendo la luz y ¡me cago en todo!, en la encimera, al lado de la pila, hay una ligera mancha negra hecha de puntos. Me acerco, me pongo las gafas y hay decenas de cadáveres de aquellos seres diminutos. Aquello se me antoja como los restos de un ejercito vencido en un campo de batalla. Entre los cuerpo se mueven algunos soldados diminutos. Vuelve mi inseguridad, mi malestar. Me pregunto que de dónde vendrán, he de encontrar el hormiguero. Agarro de nuevo el insecticida y vuelvo a rociar la encimera. El olor es insoportable en la cocina, pero el remedio es definitivo, aquel spray las borra del mapa, supongo las debe de desintegrar. Os jodéis, les digo. 

Observo con detenimiento mi encimera. Es rústica y hecha, en su parte superior son baldosines. Casi pegado a la pared, en una de las juntas entre dos baldosines veo el agujero. Sin duda ahí viven, me digo. Y me imagino a millones de ellas, como locas, transmitiéndose con sus micro antenitas el drama que se vive en la superficie. Quiero acabar con ellas. Estoy dispuesto a que en mi casa habiten lagartijas, salamandras, algún escarabajo dorado cruzando el salón o incluso alguna araña, pero aquellas hormigas se me antojan inquietantes y me imagino devorado por ellas mientras duermo. Aplico el pitorro del insecticida en el agujero y aprieto. Sale expulsado el spray, mas olor a muerte, más destrucción. Quiero que aquel veneno baje por su laberinto de pasillos, que llegue hasta la cámara de la reina, que acabe también con ella. Vuelvo a limpiar con una servilleta los cadáveres y al cubo de la basura, que no se me olvide comprar silicona mañana para taponar ese agujero. 

Llega el día siguiente, ni rastro de ellas. Corro, me ducho, desayuno y me voy al trabajo. Vuelvo al mediodía y me doy cuenta de que no he comprado la silicona. Soy así de paradito. He pensado en que lo tenía qué hacer en dos momentos de la mañana, pero cómo está todo semi cerrado por las vacaciones y me da pereza comprar esas cosas, no la he adquirido. Además, no había ni una esta mañana, me digo, por lo que mi estrategia debe de haber dado resultado. 

Vuelvo a casa y ¡joder! Descubro algunos individuos, menos, pero algunos. Deambulan en un corto espacio de territorio en mi encimera buscando no sé que cojones, pues está todo desinfectado y no hay ni rastro de restos de comida en ella. Más spray. Esto no puede seguir así, me digo. Busco silicona por casa. Ya sé que no voy a encontrar, pues odio el olor de la silicona, me recuerda al del vinagre, un olor que actúa sobre mí como un crucifijo frente a un vampiro. No hay me digo mientras busco subiendo y bajando la escalera, sudo. He de buscar una solución. 

Tengo un par de tubos de pegamento, uno gris y otro blanco, que mezclados, dice el fabricante, forma una estructura que es capaz de pegar dos objetos de manera indivisible. Es lo que haré. Impregnaré un trocito de servilleta con aquellas dos sustancias y la introduciré en el agujero para taponarlo. Se me dan mal los trabajos manuales, pero aplico la teoría a la práctica y después de empequeñecer varias veces el trozo de servilleta que quiero meter allí, el agujero es realmente pequeño, la mancho con la mezcla y lo empotro en la puerta de salida de los intrusos. Limpio después todo bien, vuelvo a recoger los cadáveres de la última carnicería y respiro. Coloco también unos frutos naturales en forma de bola verde y repelentes contra los insectos robados de un parque público de un árbol extraño, una especie única.  

Han pasado varios días. No he ganado la guerra. Si bien el número de efectivos ha disminuido, no cabe duda de que estas hormigas diminutas son incansables e infinitas, así que he perimetrado su zona de influencia en mi encimera, apenas diez o quince centímetros cuadrados y me limito a soltar algo de gas tóxico contras esas avanzadillas, limpiar a conciencia después el campo de batalla y convertir su presencia esporádica en algo habitual en mi vida. Las cosas cambiarán con los primeros fríos. Descenderán todas hasta los más hondo de su hormiguero y se harán una bola para pasar el invierno durmiendo. Yo seguiré vivo, compraré la silicona y taponaré esa entrada y salida. El verano que viene seguirá la partida, ahora la dejaré en “pause”. 


 

Publicidad
Compartir este post
Repost0
Para estar informado de los últimos artículos, suscríbase:
Comentar este post