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Las Razones del Diablo

Historias de todos los días

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El profesor desaparecido

Pensaba descansar esta mañana y no ir a correr, pero algo se dispara dentro de mi y cuando me subo a la cama y, como abducido, pongo el despertador a la hora marcada para mi carrera. Ni siquiera lo dudo, ni siquiera razono que me empuja a ello, simplemente me acuesto sabiendo que habré de madrugar y enfrentarme, una mañana más, al sufrimiento de correr. Me pregunto cómo se denomina esta actitud, supongo que tendrá un nombre y la habrán analizado en profundidad. 

Nada nuevo que reseñar al respecto. He vuelto a ver amanecer. Las mismas personas caminando, la corredora saltarina, el hombre del bastón y los amigos de la madrugada, los fijos y dos o tres más, nuevos, aunque comienzan a ser habituales, pero me niego a meterlos  en mi catálogo.  Bueno, hay uno de ellos, un hombre mayor que comienza a perder su agilidad, que igual acabo incluyendo. 

Esta tarde estaba cansado. He comido con un amigo, y me he tomado un par de copas de vino y luego un chupito. Supongo que ello, unido al calor de la tarde, ha provocado que al llegar a casa me derrumbara en el sillón con una gran cansancio. Siento debilidad en los brazos, me adormezco aunque no me dejo llevar placenteramente por el sueño. Soy consciente de mi situación, peo levantarme se me antoja una tarea titánica, abro los ojos, miro el reloj, compruebo que han pasado viente minutos, me tienta dejar embriagarme por la pereza que se me ha metido dentro, que se hinche y me eleve en silencio, sin hacer ruido y me transporte, flotando,  hasta la oscuridad. Algo así debe de ser una muerte placentera. Alguna vez me ha ocurrido, y resulta desconcertante despertar y sentirte rodeado de lo negro y nos saber dónde estás, en qué momento y por que agujero negro has llegado hasta allí. Luego razonas, se activa el cerebro, reconoces tu entorno y encuentras la lógica y toda la explicación. Te has dormido a las siete o las ocho, en el sillón, y despiertas cuatro horas después. 

Hay un hombre que ha desaparecido del desayuno. Era un hombre pequeño y compacto, diría que existiendo en una avanzada cincuentena. No exento de cierta impostura, la de un profesor universitario que despreciado el ser humano se empeña en encontrar las razones y los secretos del existir en los libros, pues jamás se le veía mirando a otro lado que no fueran las páginas de un libro abierto. Siempre solo, gafas, pelo grisáceo repeinado hacia atrás, frente ancha en una cabeza redonda, ojos pequeños adivinados tras sus cristales, a veces oscuros , boca fina, expresión seria, chaquetas del tweed usadas, pantalones de sport cómodos y arrugados, zapatos de ante, le intuyo velludo, le intuyo haciéndose el interesante con las jóvenes universitarias, silencioso, no sé como suena su voz. Todas las mañanas con su libro, indiferente a su entorno, concentrado, casi haciendo esfuerzo por mostrase a los demás como lector, letras pequeñas la de esas páginas, libros antiguos, usados. Huele a polvo, al tic tac de un reloj de pared, a estancia de madera que cruje, a penumbra. 

Pues ha desaparecido, de la noche a la mañana. Y te das cuenta de ellos meses después de su ausencia. Y este tipo, te preguntas una mañana te viene a la cabeza. Y piensas en montón de posibilidades, en que se ha mudado, en que ha cambiado de ciudad, en que ya no da clases en el centro de enseñanza superior que hay cerca, en que está en otro destino, en que se ha encerrado a escribir. Pero por encima de todas, y siempre nos da vergüenza expresarlo, piensas que se ha muerto. 
 

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