Overblog Todos los blogs Blogs principales Estilo de vida
Edit post Seguir este blog Administration + Create my blog
MENU
Las Razones del Diablo

Historias de todos los días

Publicidad

Principios del siglo pasado

Hoy acaba julio y lo despido adelantándome al Sol. Hacía tiempo que no lo conseguía, pero hoy he comenzado a correr antes de que el astro asomara por el horizonte. Arranca una semana más y lejos de ser tranquila, como corresponde a estas alturas del año en la que nos encontramos, resulta que se pone nerviosa y cargada de pequeñas cagaditas que importunan como las de las palomas cuando dos o tres arruinan el coche recién duchado. 

El último día que estuve en casa de mi madre, el viernes, me aburría no diré que notablemente, pero me aburría. Llega una edad en que es imposible intentar mantener una conversación medianamente ágil y suficientemente armada con una persona tan mayor, me refiero a mi madre, que como ya os dije no sabe muy bien si tiene noventa y tres o noventa y cuatro años.  Además, mi madre es de frases cortas, tajantes, comentarios autoritarios u opiniones inquebrantables, en la intimidad claro, con personas ajenas (apenas tiene ya relaciones de este tipo), es de frases formales y sonrisas. Tiene esa capacidad de la interacción social vacua, y si alguna vez le he hecho algún comentario al respecto, siempre responde “pues hijo con la gente hay que hablar, no como tú que te quedas callado”, y sigue, sigue con la misma idea. Para ella, lo que piensa, dice y opina es lo correcto y cuando difieres, notas en su mirada y en su entrecejo que algún tipo de cortocircuito se está engendrando dentro de sus cabeza. Normalmente guía sus comentarios hacia el control, hacia el tuyo me refiero. Puede ser algo así, como que se fije en tus zapatillas y te pregunte por el número de pie que usas. Tu le respondes y entonces ella dice que desde ahí le parecen mucho más grandes, tu le replicas que no, que el número es el que le has comentado, y entonces ella sube un escalón y te dice que claro que como las llevas tan sucias igual parecen más grandes. Tu respondes “puede”, y entonces ella ya encuentra el camino abierto para ahondar el la suciedad de las zapatillas. Ha encontrado el nido en el que sentirse cómoda y te mortifica con la falta de pulcritud de tus zapatillas, “lo limpio que llevaba los zapatos tu padre, parece mentira, bla, bla, bla”. Si le haces caso estás perdido, que es lo que hace mi hermana, yo me limito a decir “muy bien” y a no darle opción al debate. Así es con todo, con la ropa que llevas, la espesura de tu barba o las arrugas de tu camisa o niqui. Obviamente, intentar dialogar con ella sobre sus observaciones es impensable, mucho menos decirle que no te planchas la ropa. Mi hijo lo hace a veces, ha decidido salir por la tangente y ser radical con ella, decididamente pasa de la abuela. 

Bueno, como estaba tan aburrido me dedique a abrir los cajones de un mueble grande sobre el que descansa el televisor que tiene en casa. Abrí un cajón, otro, ella atenta a mis movimientos “deja eso ahí, que por algo está ahí”, me dice. Lo cierro y abro las portezuelas laterales del mueble, nada en la derecha, pero el la izquierda me encuentro con el viejo costurero de mimbre de mi abuela. 

Lo había olvidado por completo. Son esos objetos que has visto por casa, rodando de un lugar a otro, siempre presente, pues perseguía a su propietaria y, de pronto reaparece. ¿Cuánto tiempo sin verlo? ¿Quince, veinte años? Y allí estaba, sorprendentemente igual a cómo le recordaba, parecía no haber pasado el tiempo por él, con sus entrelazados relucientes y su flor de tela roja con hojas verdes también de tela en el centro de la tapa, tan vivaracha como la recordaba. Lo abro mientras sonrío y hace el mismo ruido que recordaba, pues la tapa esta sujeta al armazón por dos simples tiras de cáñamo que crujían, y sí, sigue emitiendo el mismo crujido. Y en el centro del reverso de la tapa (en las antípodas de la hoja de tela, la almohadilla en la que mi abuela clavaba agujas e imperdibles. Dentro también la misma centra métrica amarilla con números negros, las mismas tijeras, los dedales, bobinas de hilo e incluso esa lima que siempre residió entre aquellos elementos de costura. Increíble me digo. Mi madre ha desaparecido mientras me concentro en el objeto, y recuerdo a mi abuela, más joven que mi madre en aquel entonces y su carácter más alegre y vital propio de principios del siglo pasado. 


 

Publicidad
Compartir este post
Repost0
Para estar informado de los últimos artículos, suscríbase:
Comentar este post