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Las Razones del Diablo

Historias de todos los días

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La noche será igual que el día

El verano hace estas cosas porque él es así.  Se convierte en un auténtico sádico cuando se hace mayor y empieza a vislumbrar su ocaso como un viejo emperador caprichoso. En un momento determinado, todo lo que creó  se comienza a desmoronar. Sus días eternos e interminables van perdiendo su aliento y la luz merma sin cesar.  El Sol acorta la amplitud de su arco en el cielo y en algunos atardeceres se escapan tímidos brillos dorados;  se abren puertas que dan a pasillos por los que se cuelan brisas frescas del norte, aunque sólo sea durante unos minutos; algunas hojas precoces aparecen pintadas de ocre con un fino pincel y a grandes brochazos los campos de amarillo oscuro. El verano se ha vuelto maduro y pronto, muy pronto, tendrá sus primeros achaques de vejez y después, llegará su muerte.  Y ese día será gris y quizás con olor a tierra mojada. Desgraciado es el verano, el pobre jamás podrá vivir un otoño y no sé si es por eso que se vuelve tan rabioso. 

La madurez del verano es engañosa porque es la más soberbia de las estaciones. El invierno acaba suicidándose, sumido en una tremenda depresión por la muerte y la oscuridad que crea en la naturaleza; la primavera no tiene problemas, llega con una misión muy concreta, la cumple y se pira,  y el otoño, preciosa inflexión, acepta sin rechistar su destino, que ya conoce de antemano. Pero el puto verano…el puto verano es egocéntrico, se hincha de sí mismo a medida que avanza su vida porque es cretino y llega a considerar que es la razón de ser de sus otros tres predecesores. Y esta forma de ser es la que provoca que cuando se da cuenta de su final se vuelva loco. 

Cuando es joven es de carácter dócil y complaciente. Es tal su bonachonería que se vuelve incluso aburrido con sus movimientos lentos y pesados. Te regala noches de estrellas y de luces de colores y vida al aire libre, repleta de ruidos y de aromas de los frutos maduros de la tierra y tú, agradecido, disfrutas de todo ello. Vas y vienes, llamas a conocidos, planeas cosas insólitas, no piensas en que nada vaya a cambiar, mañana será igual que hoy y pasado también y también la semana que viene. No tienes nada que considerar salvo tu disfrute, todo lo demás te lo regala el verano. 

Pero el muy cabrón, cuando siente los primeros dolores de la artritis, los oculta con una sonrisa y tú, confiado, sólo ves esa curvatura de sus labios, sin ni siquiera fijarte en sus ojos. Sin embargo, si lo hicieras te darías cuenta de que ellos no sonríen, sino que te observan para cerciorarse de que no has reparado en la palidez de su rostro ni en que su boca, lo único que expresa es un rictus de dolor. Y cuando está seguro de que nada de él ha causado en ti inquietud alguna, cuando le das la espalda para seguir con lo que estabas haciendo, el dragón abre sus fauces y con rabia seca arranca el fuego de su bajo vientre y lo escupe sobre tu persona. 

Esto ha hecho hoy, y también hizo ayer, el puto verano viejo. Ha robado al amanecer la fresca atmósfera y con ella ha  llenado sus pulmones. La ha bajado hasta el vientre y a partir del mediodía ha soltado todas las lenguas de fuego que ha sido capaz de crear, inundando de azufre la vida , desdibujando sus colores, llenando todo con una capa sucia, grisácea y caliente que ha dejado suspendida bajo una luz fluorescente blanca y lejana  para que horade todos los agujeros y rincones. Y al final del día ha contemplado su obra disfrazándose de Luna, simplemente para anunciarte que la noche será igual que el día.

 

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