Historias de todos los días
19 Agosto 2023
Veo mal sin mis gafas. Bueno, quizás exagere, pues aún puedo conducir sin ellas si nos me he de fijar mucho en los carteles de la carretera o me empeño en leer una matricula. De hecho, las suelo dejar de usar mientras conduzco con la finalidad de descansar mi músculo ocular ¿o tenemos más de uno? También lo suelo hacer cuando paseo o ando, cuando me desplazo de un sitio a otro. Ahora bien, llegado al sitio, por ejemplo, si voy al supermercado a comprar alimentos y quiero ver las etiquetas de los productos, las he de usar. Por mucho que entorne mis ojos, no soy capaz de identificar su significado, aunque también pudo conseguirlo dependiendo del tamaño de las letras (a veces).
Así ando, pensando cuando me he de quitar o poner las gafas, aunque a veces me quedo con ellas puestas todos una mañana o toda una tarde y cuando me doy cuenta de que mis ojos han estado viviendo tras un cristal tanto tiempo, me cabreo, pues seguro que en algunos momentos me las podría haber quitado.
Hay procesos irremediables asociados al paso de los años y este de la vista, sin duda, es uno de ellos. Que tontería, todo es irremediablemente menguante con el paso de los años.
Pero todo esto viene a que hace algunas mañanas, al salir de casa, al abrir la puerta, justo en el marco inferior, un ser nervioso, una especie de gusano flaco e inquieto al que no pude identificar (no llevaba las gafas), intentó colarse en casa. Me iba, así que no le iba a dejar solo, a saber la que me podría liar. Además, ls gusanillos, aunque inofensivos, no son de mis criaturas favoritas. Así que en fracción de segundo he cerrado la puerta pensando que en el marco inferior acoplé una de esas cintas con una felpa que se apoya en el suelo para impedir que entre el frío en invierno. También he pensado que ese ser tenía un aspecto muy frágil por lo que puede que esa felpa le hubiera destrozado el cuerpecillo. Espero unos segundos, vuelvo a abrir esperando encontrarme los restos orgánicos, pero allí no hay nada. Al contrario, he pillado al ser escabulléndose nervioso por el zócalo hacia el universo existente en el fondo de un gran tiesto que tengo en la entrada. Me he quedado aliviado. Hay una suave brisa fresca esa mañana y me pregunto que interés tendría aquel ser en entrar en casa, que en esta época y tras varios días de calor, tiene una temperatura superior a la que se disfruta fuera. Lo único que se me viene a la cabeza es que, a la hora que salgo, el Sol, aún débil, se cuelga prácticamente enfrente de mi puerta. Es un Sol, aunque luminoso, aun tibio y sin capacidad de herir. Pienso en ello. Como todas las mañanas, un par de golondrinas vuelan raso sobre mi cabeza a modo de saludo, sin duda son los ejemplares que se criaron en el porche.
Durante los siguientes días me olvidé del tema, pero unas mañanas después el mismo ritual. De nuevo veo escabullirse al individuo y me maldigo por no llevar las gafas puestas. He de acordarme de acoplármelas al día siguiente. Me dejo un objeto que tengo en la entrada de casa en el suelo para no olvidarme de hacerlo, y llega la mañana.
Abro con cautela, con mucha cautela, y ahí esta el indivíduo, pero como la apertura de la puerta no ha sido tan violenta como en otras ocasiones, huye, pero se queda agazapado en la esquina del zócalo, bajo una escoba que tengo allí apoyada. Salgo y también con extrema delicadeza, retiro la escoba y sé que está ahí, entre los restos vegetales que se acumulan en el esquinazo, pero es tan pequeño y está tan bien diseñado su camuflaje que sigo sin distinguirlo. Me agacho y aun con las gafas, entrecierro los ojos, y lo distingo y también me doy cuenta de que me está mirando (él sin anteojos), y supongo que se estará haciendo montón de preguntas sobre ese ser grande que le observa. Nos quedamos mirándonos unos segundos, tratando de comprendernos, sin encontrar ninguno de los dos el lenguaje que nos enlace. Puede que ambos pensemos en ello, en que somos dos habitantes de este universo incapaces de comunicarse, de contarse sus cosas, sensaciones o inquietudes. La cría de lagartija o quizás de salamandra (no soy biólogo ni herpetólogo), debe de estar aterrorizada, o quizás no y esas situaciones formen parte de su ADN y las consideré convencionales. Llego tarde, le digo, me hubiera encantado poder tener más tiempo para charlar de esta forma tan peculiar contigo, pero no puedo. Apoyo la escoba con tremenda suavidad y sonrío. Recuerdo a su madre ahora, gorda, grande, trepando por la pared hacia el tejado cuando riego el gran tiesto en cuyas profundidades, en algún rincón, vive. Ha tenido crías, no cabe duda, y ya están descubriendo el mundo. Me satisface pensar que apenas se mueven de su entorno, no son viajeras, y quizás, dentro de poco, mientras esté sentado, mire al techo y allí esté después de haber conseguido entrar.
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