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Las Razones del Diablo

Historias de todos los días

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El reto

Estar en la cama con ella es bestial, pensaba él. 
Bestial, no sólo desde el punto de vista del placer, sino también por los sentimientos que le despierta. Y es que además de la excitación que le produce la fricción de su miembro duro y caliente, no puede dejar de repetir, al mismo tiempo, el nombre de ella, Clara, con voz ahogada. En esos momentos, como el que está viviendo ahora, su ser, o el ente que sea, siempre se debate entre dejarse llevar por el placer físico, o razonar que está haciendo el amor con ella, lo que significa hacerlo con su sonrisa, con su mirada, con la dulzura de sus movimientos, con su manera de andar, de sentarse, de hablar, en fin, con todos los aspectos que, desde que se conocen, hace ya cuatro años, él ha ido añadiendo como elementos que le fascinan de esa mujer y que, inexplicablemente, ahora está poseyendo. Mientras, Clara, observa él, de nombre Ernesto, y ahora sobre ella, traduce en rítmicos movimientos de su cabeza y de sus pechos redondos sus embestidas con los ojos semicerrados, su boca entreabierta, su pelo negro revuelto y una respiración jadeante. Ernesto respira el suave olor húmedo de intimidad que inunda la habitación. 

No, no era cómo cuentan otros en la oficina, piensa Ernesto, que afirman que después de dos o tres años, han de imaginar a otras mujeres para poder conseguir mantener su erección y sus ganas. A él, sin embargo, simplemente le basta con concentrarse en que con quién yace es con ella, pues se considera afortunado de que una mujer como aquella, aún en la treintena, haya podido fijarse en él, ya pasados los cincuenta, aunque aún con un buen aspecto. 

Ernesto acaba desintegrándose cósmicamente succionado por un agujero negro que nació en su bajo vientre. Cae sobre ella, que ahora le atenaza con sus esbeltas piernas y sus brazos delgados de piel blanca. Ambos se funden oliéndose y oyendo sus respiraciones agitadas mientras sus cuerpos parecen acoplarse en una postura que los fusiona sin incomodidad alguna. Cuando llegan a este punto, siempre se apaga la luz de la mesilla, y así, en esa oscuridad llena de sensaciones, se van el uno con el otro hacia otros mundos en los que raramente se encuentran. 

Ernesto se despierta de madrugada repleto de sueño. El cuarto ya ha perdido su calidez y se enfrenta a la fría madrugada. Ernesto enciende la luz, entrecierra sus ojos dañados por la luminosidad y comprueba que Clara ya no está. Ya se ha marchado mientras él dormía y como tiene por costumbre, Clara ha hecho, lo más posible, su lado de la cama, estirando el edredón y su almohada. Ernesto sonríe y recuerda el encuentro vivido horas antes. 

Clara se lo había exigido desde el principio, cada uno en su casa, cuanto menos sepamos el uno del otro mejor, veámonos cuando realmente nos apetezca, nada de esfuerzos, de compromisos. Estemos juntos cuando sintamos el deseo, seamos libres y que nuestra relación, se califique como se quiera calificar, no condicione ningún otro aspecto de nuestras vidas. Ernesto lo aceptó y siempre pensó que aquel gesto de arreglar su parte del lecho después de hacer el amor era una especie de recordatorio de su pacto. Normalmente se suelen ver dos o tres veces por semana.

Si había de ser así, que fuera, había pensado Ernesto desde el principio. Además, aunque no estuviera ahora con él, sí estaba cerca, pues Clara y Ernesto eran vecinos en sendos adosadas con un jardincito delantero de un barrio burgués a las afueras de la ciudad. 

Se había despertado como habitualmente, momentos antes del alba, pues Clara madrugaba mucho para ir a su trabajo, aunque ella nunca quiso decirle a que se dedicaba. Ernesto sentía verdadero placer observando su vivienda al amanecer con la cocina y el dormitorio iluminados, desde la oscuridad de la suya, pues no era capaz de dar señal alguna de su actividad a Clara, no fuera a ser que ella lo interpretara como una violación de su acuerdo. 

La vió salir, decidida, llevando su esbelta figura con esa gracia que tenía caminando. Hoy iba con un traje de chaqueta del que no acertó a discernir el color y arrastra una maletita con  ruedas. Vaya, piensa Ernesto, se va de viaje, y desea que no sea por muchos días. Clara llega hasta su coche aparcado delante. Silbidito de la alarma y, brevemente, al abrir la puerta, parece mirar hacia la casa de Ernesto, que cree que lo hace sonriendo, como él ahora mientras rememora su cuerpo desnudo y cálido de apenas unas horas antes. El automóvil enciende sus luces y suavemente los dos rojas traseras desaparecen por la avenida hacia la ciudad que, a lo lejos, se antoja ya bulliciosa. 

Ernesto trabaja en una gran compañía de seguros. Siempre va bien vestido. Tiene dos trajes, uno gris y otro azul marino, una docena de camisas de tonos azules, media docena de corbatas más bien oscuras y media docena de zapatos negros que mantiene bien lustrados. Se va a trabajar una hora y media más tarde que Clara. Dirige a un equipo de vendedores de seguros en una zona geográfica, y su trabajo consiste en controlarles, vigilar que cumplen sus objetivos, reunirse con ellos tres veces al año para motivarles, asistir a reuniones del departamento de desarrollo de nuevos productos para conocer las novedades, aprender sus argumentos de venta, transmitírselos a su equipo, rendir cuentas ante el consejo de administración un par de veces al año y visitar a algunos grandes clientes, lo que le exige viajar media docena de veces durante el año. Ernesto es un tipo afable, diría la gente que bien parecido y con un cuerpo ancho y vigoroso pero que empieza a dar señales de haber pasado ya por la línea del medio siglo, aunque Ernesto, desde que conoció a Clara, ha optado por apuntarse a un gimnasio y camina bastante. 

Suele llegar a la oficina sobre las nueve y media, saluda a las dos recepcionistas del edificio, que siempre le sonríen, y sube hasta la planta siete, donde se ubican las direcciones regionales, una por debajo de la dirección general de la compañía. 

El edificio es de mármol y metálico, lleno de aristas, con puertas pesadas de cristal que se abren y se cierran casi constantemente. Sale del ascensor, gira a la derecha, empuja una de esas pesadas puertas de cristal y entra en la gran sala donde se ubican, al fondo y alineados, los despachos, separados por mamparas de cristal, de los otros cuatro directores regionales de la compañía.  Al fondo, a la derecha, hay una gran sala de reuniones, también acristalada, y en el otro extremo, un pequeño office del que proviene un agradable olor a café, uno de los pocos síntomas de confort de ese gran cubo únicamente concebido para hacer dinero. Saluda al grupo de secretarias que les atienden, al los cinco subdirectores generales que quieren heredar las direcciones generales de sus jefes, todos ellos dispersos en mesas que ocupan el resto de la sala y separados también por mamparas acristaladas, pero más bajas. 

Es costumbre que los directores regionales se reúnan en el lobby y compartan un café antes de comenzar a trabajar, así que deja sus llaves, su maletín y su chaqueta en su despacho y se encamina hacia ese lugar. 

—Coño, Ernestito—, dice el más mayor de todos. 
—¿Qué pasa Ernesto?—, dice otro.
—Hola— y —¿Que hay?—, dicen los dos restantes. 

Ernesto devuelve los saludos sin apenas mirarles, pero con una sonrisa, y se dirige hacia la máquina del café. 

—Anda—, vuelve a decir el más veterano —Mira que sonrisita vuelve a traer esta mañana el amigo Ernesto, este tiene pinta de que esta noche también ha follado—. Los demás ríen la gracia, pero sin muchas ganas. 

El tipo veterano ronda los sesenta, o alguno más. Es un hombre grande, con una barriga que obliga a su corbata a curvarse para sortearla y caer ridícula después apuntando al suelo. Sus pantalones de un marrón indescifrable mantienen las arrugas que se forman en la entrepierna cuando se sienta y su sexo se aprieta contra ellos. Ernesto cree que si alguna vez fue grande, ahora es pequeño. Tiene papada, que se aprieta contra el cuello de su camisa de un tono amarillento también indescifrable. Una cabellera aun abundante, peinada hacia atrás, de cabellos grises y muy tristes culminan un rostro blanco de piel que se antoja gruesa. Es un rostro redondo, con una nariz pequeña y unos labios carnosos y femeninos bajo ella, y tiene unos pequeños ojos grises perdidos tras los cristales de sus gafas que, eso sí, siempre están cristalinas. Sujeta su café con sus dedos regordetes, de uñas impecables y en el dedo medio de su diestra lleva un anillo de casado y en el de la siniestra un sello ridículo que parece de su primera comunión. Es un tipo hábil, un charlatán, un poco fanfarrón, hace buenos números todos los trimestres, se salta las normas, trata a su equipo de vendedores como si fuera uno de futbol juvenil, les arenga, les dice palabrotas. —Vamos coño, joder, véndele la puta póliza joder—, se le oye a veces vociferar por teléfono o en las reuniones virtuales. —Así me gusta, que le eches huevos, coño—, se le escucha otras. —Que cabrón—, dice también. Su subdirector no le replica, toma notas. El hombre grande, el único de los cinco directores regionales que carece de estudios universitarios y que se jacta de haber empezado desde abajo,  le trata con cierto desprecio y esta todo el día solicitándole informes. De vez en cuando, al acabar una de sus arengas, se le escucha decir a nadie, —joder,  como no ponga yo las cosas en orden, me cago en…—. Con las secretarias es distante, aunque las toquetea con la mirada, pero se impone ser seco con ellas a fin de evitar cualquier posible situación. Lo que haga en su vida íntima, que desde luego, por sus comentarios, sobrepasa los límites de su matrimonio, lo realiza fuera del trabajo. 

Ernesto no le soporta, no es su estilo, no quiere acabar como él dentro de unos años, odia su aspecto, su forma de estar, su forma de trabajar. A su juicio es destructora, aniquila el mercado, no hay estrategia ni visión de futuro, pero también piensa que es lo que quiere la empresa, simplemente facturar más y más cada trimestre sin saber cuantos trimestres más podrá seguir consiguiéndolo. 

Ernesto le mira. —Pues si, como dices tú, he follado—. 
—Que hijo de puta—, responde el grandote. Pues ya llevas así una temporadita. Los solteros sois la hostía. Nosotros aquí, currando como cabrones, a palo seco, y el señorito metiéndola por ahí. Cuenta, coño, cuenta—. 
Ernesto se apoya sobre el borde de la encimera del office y se ríe. —¿Qué te voy a contar? No lo entenderías. Ernesto sabe cuanto molesta a un grupo de hombres maduros que uno de ellos tenga una vida sexual sana y disfruta de su privilegio.
—No me jodas Ernestito, ya me estás diciendo dónde consigues tu a las pavas, coño, comparte información con los amigos joder—. 
—¿Conseguir? ¿Pero qué dices? 
—¿No me digas que te has encoñado entonces?
—¿Encoñarme? No hombre, no. Existen más opciones que esas pero, como te repito, no lo entenderías.
—Ernestito se nos ha enamorado—, añade el hombre grande mirando a los demás que sonríen aunque no saben muy bien porque teniendo en cuenta la conversación tan absurda. 

Ernesto sorbe su café sin decir nada. No está dispuesto a contar nada sobre Clara, sería como manchar algo inmaculado y sin ninguna necesidad. Su silencio provoca una situación incómoda, sobre todo en el hombre grande, ya que siente haber perdido la iniciativa de la reunión. —Bueno chicos, dice, os dejo que hoy tengo reunión de evaluación. Bueno, nos vemos luego, hasta ahora—, y sale de la salita dejando la taza sucia sobre la encimera. Ernesto siente asco por ese tipo, pero sabe que el director general de la compañía valora sus números y que ambos se reúnen de vez en cuando a solas. Los imagina entre risotadas, una vez revisados los millones facturados, soltando carcajadas y haciendo comentarios sobre el personal mientras se tocan los cojones, el lenguaje habitual de los machos viejos. 

La jornada transcurre con toda la habitualidad de cualquier otro día y Ernesto piensa sobre a dónde habrá viajado Clara, sobre si será un viaje largo o de esos de ida y vuelta. Por el tamaño de su maleta, razona Ernesto, no se debe de tratar de uno de varios días, pero si vuelve hoy estará cansada, por lo que duda que esa noche pueda estar con ella. Ernesto acaba su jornada laboral y se va al gimnasio, una hora 

Cuando vuelve a casa, la de Clara está a oscuras y tampoco está su automóvil. Pasa la tarde, ya oscura, y hasta que decide irse a la cama, asomándose a la ventana a intervalos por si la ve llegar, pero Clara no aparece. 

Al día siguiente, vuelve a despertarse de madrugada y vuelve a asomarse. La casa de su vecina sigue vacía. Vuelve a hacerlo cuando se levanta para ir a trabajar, nada. Se marcha a la oficina. 

Al día siguiente, viernes, lo mismo, y a Ernesto empieza a inundarle  la inquietud. Su cabeza se llena de hipótesis y nervioso se va a la cama. Los sábados no se desvela al alba. Su organismo sabe que es el sexto día de la semana y ni él, ni ella van a trabajar. Sin embargo, no puede evitar asomarse cuando se levanta y allí está el coche de ella, que alegría siente. Intuye que hay cierta agitación en la casa, hay dos ventanas abiertas y los visillos revolotean. ¿Qué pasará? Se pregunta. Estará haciendo una limpieza general. Se queda unos minutos observando, pero no logra verla. Mira su reloj, ha de ir a hacer la compra ya mismo para evitar las aglomeraciones del final de la mañana, cuando el hipermercado se llena de familias con carritos repletos. Se ducha, toma un café rápido, se mete al coche vestido con unos vaqueros y una sudadera y se va a la zona comercial. 

Compra rápido porque tiene ganas de volver, pero ese sábado las familias parecen haber madrugado más y hay grandes colas en las cajas del establecimiento. 

Cuando enfila la avenida de los adosados son ya más de la una del mediodía y ve, a lo lejos, que en casa de Clara hay movimiento. A medida que se acerca ve el camión, un camión blanco resplandeciente y grande con un rótulo en sus costados que pone en grandes letras rojas: mudanzas. 

Aparca su coche frente a su casa y saca las bolsas de la compra y en ese momento Paula baja los escalones de su casa y grita su nombre. Ernesto se queda quieto, mirándola y con sus bolsas colgando en ambas manos. Clara se acerca por la acera. Está preciosa, piensa Ernesto, con unos vaqueros ajustados que dibujan sus piernas esbeltas y un jersey de lana que oculta despreocupadamente su torso y sus pechos. 

—Ernesto—, dice ella cuando llega a su lado y al mismo tiempo que sujeta sus dos hombros con un suave apretón. —Oye, que me voy—, le dice. Que sólo quería darte las gracias por estos años aquí, que has sido un vecino excelente, le dice, gracias por todo, de verdad, sobre todo por regar mi césped durante los veranos, se ríe ahora. Ernesto la escucha, la mira, está preciosa, con su pelo negro cayéndooslos desordenado sobre su rostro ovalado. 

—Pero bueno—, dice él, ¿Así? ¿De golpe?. 
—Sí—, responde ella con una expresión llena de felicidad. Acabo de volver de una entrevista de trabajo y me han seleccionado. Es un puesto de trabajo que no puedo rechazar. Es en el extranjero, me ofrecen hasta alojamiento, dice girándo su cuello hacia el camión de la mudanza, y el martes me he de incorporar, así que me he de ir ya mismo. 
—Que bien Clara—, le responde Ernesto que no ha soltado las bolsas de la compra, cuanto me alegro por ti. 
—Sí, es una oportunidad de esas que pasan sólo una vez. Ella le acerca y le da dos besos en las mejillas a Ernesto. El siente por vez primera sus labios, esos que tantas veces ha imaginado mientras se masturba fantaseando con ella desde hace ya cuatro años. No siente pena, sólo un vacío y barrunta la soledad  que llega, pero al mismo tiempo siente el reto de encontrar un nuevo amor. 

 


 

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