Historias de todos los días
17 Febrero 2024
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Hay hechos que a veces reflejan perfectamente por donde andas. Madre mía, qué deterioro cognitivo, piensa Lipo al día siguiente cuando descubre lo ocurrido.
Por favor, que no lo descubra nadie. Que no haya ser humano sobre la Tierra consciente de sus nuevas limitaciones y sobre todo que no llegue al conocimiento de su empresa, esa tan competitiva, se pondrían nerviosos allá dentro y acabarían echándole, pues seguiría siendo el mismo minúsculo punto, pero ahora débil, y a través de él podría venirse abajo toda la organización. Bueno, menos mal que viviendo solo nadie me observa y nadie puede hablar sobre mí más allá de obviedades y formalismos, piensa Lipo.
Y llega Lipo a casa. Ya es de noche. Y esta es oscura, de esas con brocha para extender una espesa capa de pintura negra a todas las superficies. La luz que se enciende automáticamente en el hall de la entrada de la casa se escapa cálida por el ventanuco de cristal de la puerta. Esa luz que le sirve a Lipo de guía.
Lipo, que coge su mochila del coche, que se dirige a la puerta y cuando está frente a ella oye algo a sus espaldas. Lipo que se vuelve y allá junto a la puerta del automóvil en el que acaba de llegar, los dos diamantes marcianos, de ese gris apagado brillando. Lipo, que deja la mochila y busca su móvil par sacar una foto de esos puntos luminosos, pues lleva tiempo intentando captar esas refulgencias. Ese gato que no tiene paciencia ni tampoco cortesía para permitir a Lipo intentarlo, que ahora resopla, ¿dónde ha dejado la mochila? No la ve en la oscuridad. A la mierda los putos gatos, murmura Lipo.
Busca sus llaves. No las encuentra. Revisa los bolsillos de su abrigo, los de los pantalones, los de la chaqueta, ahora busca en los bolsillos secretos de su mochila. Nada, pero han de estar. Vuelve a hacer el mismo repaso y nada. Llega a la conclusión de que se ha vuelto a dejar las llaves en la mesa de la oficina. Y lo de vuelve, es porque hace un par de días ya le ocurrió lo mismo.
Más resoplidos de Lipo. ¡Amos, no me jodas!, se escucha en la oscuridad. Hay otra llave de emergencia de la puerta trasera, escondida. Lipo odia tener que usarla, pues es incomodísimo llegar hasta ella, siempre teme rasparse los nudillos en la maniobra, pero bueno, en esa incomodidad reside parte del secreto. Lo consigue, rodea la casa y entra. Deja esa llave de emergencia metida en la cerradura de la puerta, obviamente por dentro.
A la mañana siguiente Lipo decide ir a correr. Se levanta a las siete y sobre las siete y media sale a la fría mañana. Ya hay un pequeño resplandor sobre la Tierra. Sale por la puerta de atrás y rodea la edificación, sube las escaleras exteriores hasta la puerta de entrada y mira. Y allí, en la cerradura, ve el reflejo metálico de un manojo de llaves colgando como una polla fláccida. Lipo lo mira para cerciorarse de que sí, de que son sus llaves, y lo son. ¿Qué coño hacen ahí las llaves? ¿Quién las ha puesto ahí? Lipo no sale de su asombro y piensa, piensa. Y por fin llega a la única conclusión posible. Rememora su llegada a casa la noche anterior. Y recuerda cómo cuando estaba frente a la puerta oyó a ese gato, y se dio la vuelta y vio sus ojos, y como buscó su móvil para fotografiarlos, y que no lo consiguió, y renunció, y buscó sus llaves para abrir la puerta, pero ya lo había hecho, ya la había introducido en la cerradura. Ufff, estás viejo, se dice Lipo, que deterioro cognitivo chaval. Lipo, que se va a correr, que no sabes si llevarse la llave de emergencia y las que no lo son con él, que no se decide, que lo manda todo a la mierda, que deja bajo el felpudo la llave que esconde y, como todas las mañanas, su manojo de llaves convencional se va con él.